27.4.17

Cuando nos chillan los fantasmas


Cuando caminaba el mundo desaparecía tras ella. Como si se borrara una fotografía consumida por el fuego. Con ella se perdían las ciudades que no llegaríamos a conocer. Solo quedaban sus pasos. Pero no importaba porque la veíamos llegar y ya no importaba esa maqueta que algunos llamaban el mundo. La había visto así, como un oasis, durante el día. Pero entró una noche al bar, menuda, con un abrigo oscuro y la piel dibujada de mundos, con los  ojos apuntando al suelo, susurrando sus tacones sobre las baldosas. Se sentó al fondo, en el triángulo de nada que dejaban los dos focos del local y pidió un dry martini. Nosotros volvimos a lo nuestro como siempre volvíamos a lo nuestro. Pero después de que pidiera la segunda copa lo empezamos a escuchar. Era un canto muy leve. Ella miraba los surcos de la mesa y su voz rebotaba contra la madera. Ajena a todo. En otro lugar que no era ese y en otro tiempo que no era aquel. Cantaba muy bajo. No entendíamos siquiera lo que decía, en qué idioma lo hacía ni si aquella era una canción triste o alegre. Nos quedamos callados escuchando aquella melodía. Sin girarnos hacia ella, sin movernos. Sin decirlo hicimos un pacto de silencio para no movernos y que aquel momento durase para siempre. Ni siquiera el camarero se acercó a su mesa, como había hecho antes, cuando vio su copa vacía. Siguió así durante más de una hora. Después se levantó y se marchó. Uno de los muchachos dijo que había visto reflejos de lágrimas en sus mejillas. Ni siquiera intentamos adivinar quién sería, cuál era su historia, por qué habría llorado aquella canción. Volvió otra noche dos meses después y se sentó en la misma mesa y pidió otro dry martini y la miré de reojo cuando lo hacía y mis ojos se cruzaron con los suyos, con una vida congelada en las pupilas, plácidos y salvajes. Me sonrió antes de bajar la cabeza y de yo retirar la mía con vergüenza por haber sido descubierto. Aquella noche volvió a cantar aquella canción que sonaba a plegaria y volvimos a escondernos en el silencio rompiendo los relojes. Hubiéramos muerto en aquella voz. Cuando se marchó quise seguirla. La encontré en la puerta abotonándose el abrigo mientras yo salía a la carrera. Hablamos allí parados mientras yo fumaba y ella golpeaba los talones de sus zapatos. Hablamos y hablamos. ¿Crees de verdad que soy una buena persona?, me preguntó entonces. Me acordé de lo que me había dicho hacía tanto tiempo aquel pianista que después desapareció con su paraguas de colores. A veces nuestros fantasmas nos chillan tan fuerte que no nos dejan escucharnos cantar. Y se lo dije.

19.1.17

Húndete en el mar


Lo supieron en el bar, según llegué, porque los muchachos me miraron con los ojos esperando respuestas pero sin lanzarlas.  Y uno sabe ya después de tantos años que los muchachos están ahí para que cada uno cuente su realidad, asentir y después pasar a nuestra realidad como siempre habíamos hecho. Poco misterio había. Ni juegos. Ni palabras. Ni consejos. No hacían falta. A cada uno le pasaba un mundo por encima y el resto asentíamos. Como mucho un abrazo y otro bourbon. Ahí acababa todo y empezaba todo de nuevo. Así habíamos decidido siempre que fuese y así seguiría siendo y para el resto ya estaba ese otro mundo que seguía girando ahí fuera mientras nosotros bebíamos en silencio escuchando a aquel crooner maldito quemar su voz por los altavoces. Saludé levantando la barbilla mientras me quitaba el sombrero y el abrigo y me senté en mi silla, la misma de siempre, la que estaba vacía esperando a mi regreso. Porque las sillas siempre estaban ahí, nadie las ocupaba. Uno podía tardar diez años en volver y sabía que cuando lo hiciese nadie haría preguntas. Que te mirarían, te sonreirían y probablemente te dijesen algo del sombrero nuevo o de los zapatos o del último partido o que alguien te pidiese un pitillo y una ronda pero que todo seguiría igual. Así fue. Así es. Y así seguirá siendo. Yo desaparecí largas temporadas y nunca me pidió nadie explicaciones. Tampoco esta vez. Me senté, estiré las palmas de las manos sobre el tablero, en paralelo y suspiré. Tomé un trago y miré a los muchachos uno por uno a los ojos. Todos asintieron. Aquel crooner nos cantaba a nosotros. No lo conocíamos. Solo lo escuchábamos brotar de aquella radio pero sabíamos que era uno de los nuestros. Escuchamos en silencio. “Hazte con una pistola, cambia de país, deshazte de tu sombrero, bebe, viejo, bebe, vuelve a beber. Busca nuevos mapas, quema ciudades, el pasado es una estaca que te parte en dos mitades. Ya está bien de llorar, niños, ya está bien de llorar. Húndete en el mar”. Aquel cabrón nos susurraba a nosotros. Nos observamos de nuevo y sonreímos. ¿Una mujer, no?, me preguntó finalmente uno de los muchachos sin dejar de mirar la mesa y el vaso. Bebió. Bebí sin responder. Cogí aire. Suspiré de nuevo. Asentí. Pues ahora llegan los tiempos del olvido, añadió. Y volvimos a beber.

6.8.16

Las respuestas



Habían pasado tres años y diez vidas la noche que abrió de nuevo la puerta. Luna en cuarto creciente y luz intermitente de farol, la misma en cuyas sombras antes sabíamos escondernos para besarnos con aquellas chicas que no querían besarnos en la calle. De nuevo la misma sensación de no saber bien qué explicaciones dar porque es difícil explicar aquello que no se entiende. Me perdí, les diría, y después sonreiría así con media sonrisa, con un eso es todo y un no sé qué más decir, muchachos y un las cosas suceden así y mejor no darle más vueltas. O necesitaba salir de aquí una temporada, chicos, ya sabéis, todos necesitamos huir por un tiempo cuando sientes que las paredes son más estrechas y el aire menos aire. O simplemente diría buenas noches, pediría un bourbon, luego otro, y esperaría a ver qué sucedía. Igual nadie preguntaba. Igual todo seguía ahí, como siempre y como siempre nadie haría preguntas porque nosotros éramos poco de hacernos preguntas porque sabíamos que no teníamos cuentas pendientes ni necesidad de explicaciones ni ganas de escuchar las excusas que se inventan cuando la realidad es como es y es mejor no darle demasiadas vueltas. Se lo había dicho ella, en una carta que llegó tarde pero llegó. “Sólo fíjate en las preguntas que te haces y para las cuáles aun no tienes una respuesta”, le escribió. “Ahí, entre ellas, estará tu historia”. Firmado en otra ciudad, en otro año, en otro verano que olía todavía a invierno. Desde entonces buscaba respuestas para preguntas a las que nunca supo responder. Preguntas que formulaba en voz alta incluso mientras caminaba por la calle y la gente le miraba como se mira a los tipos que hablan solos con la vista persiguiendo los pies o con la cabeza colgada en una nube o peor aun en la luz de una farola. No podía dar explicaciones porque aun no tenía las respuestas. Abrió y la puerta y entró. Saludó levantando la cabeza, rozándose la frente como si se tocara el ala del sombrero que no llevaba y se acercó a la barra. Cuando lo vio el barman puso el vaso corto sobre la barra y lo llenó de bourbon hasta el borde. “¿Te has fijado en la chica que se ha cruzado contigo en la puerta? Por una mujer así le regalaría mi alma al diablo”, le dijo. Después sonrió, dejó la botella junto al vaso y siguió limpiando la barra.

3.8.13

No te vas a morir, chico


Entró al bar con los ojos desencajados como si hubiera visto su cadáver en el espejo. Con las manos temblando. La respiración entrecortada. Nos buscó torpemente entre los cuerpos y cuando llegó a nosotros nos miró como si estuviera mirando la pared detrás de nosotros, atravesándonos sin vernos. No puedo respirar, nos dijo. Me va a estallar el corazón. Algo me está devorando por dentro. Apenas podía hablar. Lo hacía resoplando. Sacando fuerzas de las entrañas para exhalar cada palabra. Girando la cabeza para mirarnos a todos sin alcanzar a centrarse en nuestros ojos. El corazón, es el corazón. Se me escapa del cuerpo. No responde. Voy a explotar y os prometo que no he tomado nada para estar así. Nunca estuve así antes. Ayer estuve con ella. Hoy me he despertado solo. Y ahora no puedo respirar. Voy a distintas velocidades y ninguna la controla mi cerebro. Los muchachos le miraban sorprendidos. Sin pronunciar palabra. Esperando cada nueva palabra que pudiera pronunciar. Le puse la mano sobre el pecho, con la palma extendida, buscando los golpes del corazón. Después me giré hacia la barra y pedí un trago de whisky. No te vas a morir, chico. No al menos hoy. Tómatelo. Después sal a buscar a esa chica y bésala. 

21.6.13

Aquí, ese lugar


Nos juntamos alrededor de la mesa. Desdoblamos el mapa como se desnuda a una mujer que se ama. Y lo desplegamos sobre el tablero. Lo miramos sin decir nada. Aquellos lugares. Aquellas líneas trazadas. Acariciamos los países y las ciudades. Pronunciamos en silencio sus nombres. Durante minutos. Después alzamos lentamente la vista hasta nosotros. Unos a otros. Nos fijamos en nuestros ojos reflejados en los otros. Los muchachos y yo. Volvemos a fijar la mirada. Todos ahora en el mismo punto. Al otro lado de los oceános. En otra esquina de todo. Ese lugar. Y extiendo el brazo hasta acercarme. Con la mano sobrevolando el mundo. Hasta que poso mi índice sobre el punto negro bajo el nombre. Aquí, les digo. Y todos asentimos.

19.5.13

Uno junto a otro


Caminábamos uno junto a otro, desplegados ocupando la calle. Como si avanzara lentamente la infantería hacia una muerte segura pero valiente. Pasos firmes y la mirada clavada en el mañana. Sin hablarnos. Extendiéndonos el paquete de cigarrillos y el mechero de gasolina. Escupiendo el humo al frente. Dejando detrás la nube del tabaco y un puñado de vidas, las nuestras, aguardando el regreso. No importaban los coches. No importaban los vecinos que se asomaban a mirar por las ventas. Ni las señoras que asentían a nuestro paso, las que nos conocen desde que éramos niños, cuando aprendimos a andar siempre juntos, nadie delante. Por supuesto, tampoco detrás. Atravesábamos la ciudad, nuestra ciudad, la que nos tocó en el reparto. Compartiendo aquella tarde antes de que las nubes que venían en dirección contraria nos alcanzasen. 

13.4.13

Levántate y bésame


Te he visto cómo me mirabas. Ahora no disimules. Ahora no dejes de sonreír, chica. No me creo tu pose. Te he visto desde el otro lado de este bar. Lo he atravesado como se atraviesa un océano. He caminado la distancia que nos separaba como quien escala una montaña para clavar una bandera en una cima. Y puedo prometer, cuando nunca prometo nada, que no soy un tipo al que le gusten las banderas. Te he visto que me mirabas cuando pensabas que yo no lo hacía. No lo ocultes. Ya no tiene sentido. Querías que llegara hasta ti. No te engañes. Esto es lo que buscabas. Y aquí estoy. Sabes que no ha sido un viaje fácil. Los dos conocemos este barrio. Los dos sabemos cómo son nuestras vidas. Los dos sabemos que amanecerá y todo desaparecerá. Pero ahora escucha la música. Suena para nosotros, sí, créelo. Sé que tú tampoco tienes suerte. Aquí la suerte nunca hizo parada a otro lugar. Pero hoy, esta noche, tenemos los dados trucados y solo depende de nosotros lanzarlos. Ya sabes a qué me refiero. Llevas mirándome toda la noche. Lo sé porque yo también lo hacía. Yo no me escondo. Me has visto. Nuestras miradas se han cruzado. Querías que recorriera esta distancia que nos separaba y aquí estoy. No disimules ahora. Deja a tu amiga. Deja de hablar. No me des la espalda. Mírame como me mirabas antes. Aquí estoy. Levántate y bésame. Antes de que amanezca. Antes de que regreses a tu vida otra vez.