9.2.10
Sólo ellas me intimidan
Allí estaban, en corro, en las escaleras de aquel portal. Todas hablando a la vez. Todas riendo juntas. Todas, sí, todas. Pasaban las tardes contando historias de besos antiguos y de sueños con familia y televisores frente al sofá. Compartían sus cigarrillos y las envolvía una nube de humo que no se disipaba hasta que se despedían. La calle era suya. Sólo si iba con alguno de los muchachos me atrevía a pasar por delante. Aquella acera era uno de los lugares más incómodos del planeta. Puedo prometer que así era. Sólo me intimidaban. Cruzaba, sí, claro, porque había que cruzar. Pero lo hacía rápido. Inseguro. Sabía que en cuanto pasase a su lado callarían y mirarían todas. Giraría levemente la cabeza y diría "buenas tardes, chicas, cómo va todo". Y después seguiría, sin bajar el ritmo, sin esperar respuesta. Mejor no pararse. Mejor pasar aquello cuanto antes. Porque en cuanto hubiese pasado ante su mirada todas empezarían a susurrar. Maldita sea, los susurros de aquellas mujeres se me metían entre las vértebras. Me producían escalofríos. ¿Qué diablos estarían diciéndose? Siempre me sentí desnudo, indefenso, inútil cuando pasé a su lado. Nunca supe qué dijeron de mí. Quizá sólo respondían a mi saludo. Pero sé que era mejor no quedarse a averiguarlo.
7.2.10
Dios no me cubre las espaldas
Por eso fuimos siempre como fuimos y luchamos como luchamos. Lo sabíamos. ¿Uno más qué carajo importa?, decíamos. Adelante, que vaya con vosotros. No nos asusta. Es sólo uno más. No importa. Y así fue. Por mucho que algunas señoras y madres quisieran convencernos de lo contrario. Te vigila. Debes ser agradecido para que esté contigo. Pero sabíamos que no lo éramos nosotros ni tampoco aquellos que lo incluían en su banda. Así era. Por eso no creíamos todas aquellas cantinelas de viejas asustadizas. No nosotros no fiábamos nuestro destino más allá de nuestras propias manos. Mucho menos a alguien que no fuese uno de los muchachos. Y ni siquiera siempre. El destino y su futuro es una víscera más. No conviene andar prestándoselas a nadie. Las señoras no lo sabían. No querían saberlo. Tampoco nosotros explicárselo. Hay palabras que es mejor no gastar. Por eso cuando alguno juraba que estaba con ellos nosotros reíamos. De acuerdo, repetíamos, que esté de vuestro lado. Nosotros nunca quisimos que Dios nos cubriera las espaldas. Para eso ya estaban los muchachos.
6.2.10
Velocidad, niño, velocidad
Velocidad, niño, velocidad. Es sólo velocidad. Y mirar siempre a los ojos, niño, al tipo que tengas enfrente. Si le miras a los ojos no te podrá mirar las manos. Después, chaval, ya sabes, velocidad. Me lo contaba, con manos agrietadas, mientras agitaba la baraja a un ritmo infernal. Saca una carta, no importa cuál. Yo siempre encontraré el as en el montón. Yo siempre ganaré. Velocidad, niño, velocidad. Así se ganaba la vida. Otro barrio, otra ciudad, otro hombre a quien mirar a los ojos. Había cumplido ya los setenta y apenas podía andar, pero sus dedos pasaban cartas con un ritmo de años, con una urgencia que no te permitía saber qué demonios estaba haciendo. Siempre fue así. Volvía al barrio cada tres primaveras, puntual, tarde, por sorpresa. Ganaba todas las apuestas que lo daban por muerto y se presentaba allí, en el bar, de repente. Un bourbon, pedía, y de dos tragos lo liquidaba. Después sacaba su baraja y nos contaba, siempre igual, que tuvo que huir de una ciudad al sur porque un hombre no quiso mirarlo a los ojos. El mismo cuento. Pero lo explicaba tan bien que todos lo rodeábamos y le pagábamos el bourbon para que no parase de hablar. Nos gustaba ver cómo sus manos se negaban a morir. Nos gustaba ver aquella baraja con sus picas y sus diamantes brillando rápidos de mano en mano. Un destello. Otro. Y él siempre sacaba el as. Velocidad, niño, velocidad. Repetía. Se acerca la primavera. Ya se ha abierto la apuesta en el bar. Está 10 a 1 a que no volverá. Yo he dicho que sí.
4.2.10
El salto
Era un salto más. Siempre hacia adelante. Tan alto como fuera posible. Sólo otro salto. Lo habíamos hecho mil veces. Lo habíamos intentando mil veces. Y allí estábamos, todos juntos, concentrados. El suelo temblaba a nuestro pies. Una grieta como una enorme boca quería tragarnos. Así lo veíamos. Sólo era otra calle más. El mismo barrio. Pero si dejábamos que nos engullese habríamos perdido una vez más, otros hombres perdidos. Nosotros no podíamos permitir que aquellos nos sucediese. No a nosotros, decíamos. Saltaremos y esta vez lo conseguiremos. Saltaremos más lejos de lo que ningún hombre de este barrio salto nunca. Por eso no lograron cruzar. Nosotros sí lo haremos, ¿verdad, muchachos? La suerte no está de nuestro lado. Eso lo sabemos. Pero desde cuándo nos ha importado la suerte. Sólo necesitamos nuestros pies. Sólo estar juntos en esto. Era un salto más. Esta vez sí lo lograremos. ¿Vamos?
1.2.10
¿Sólo una pesadilla?
He despertado en mitad de la noche. Sudando. La manta en el suelo. El corazón a 200, como late antes de una buena pelea. Perdido. A tientas he podido dar la luz. Diez segundos terribles en los que las paredes de la habitación no eran las paredes de la habitación. La habitación tampoco lo era. Ni yo era yo. No sé qué ha pasado. Sólo que estaba allí, en medio. Aquello bastaba. Como el apocalipsis que anuncian los borrachos subidos en taburetes de madera. Como si hubieran acertado con la fecha. Con la luz he abierto los ojos y he tragado aire por las pupilas. No podía hacer otra cosa. Reaccionar. Sólo reaccionar. Despertar. Allí estaba yo. Sólo. Las manos temblando como sólo tiemblan después de una mala pelea. No recuerdo nada. Apenas nada. Sólo que estaba allí y los muchachos no estaban y no había nadie y yo no sé cómo diablos había llegado hasta allí. Tampoco sé qué era allí. Sólo un lugar al que no quiero volver. Allí no había nada. Sólo yo y mis manos temblando y mis ojos sudando. He necesitado levantarme y salir a fumar junto a la ventana. Aire frío de enero para que el resto de mi cuerpo tirite y se ponga al nivel de mis manos. Sólo así no las veré temblar. Una pesadilla. Eso dicen que es. Pero yo sé que no. Siempre le tuve miedo a la muerte. Aunque sólo venga a verme en sueños. Mis manos también lo saben.
31.1.10
Atravesando campos
Lo acompañamos hasta aquel lugar porque debíamos hacerlo. Así nos lo pidió. Fue un viaje largo. Dos días atravesando campos sin sembrar, casas de madera en las colinas, aire. Cuatro de nosotros en aquel coche que él había conseguido. Fue un viaje lento. Nadie quería hablar. Todos sabíamos que debíamos estar allí y nada que pudiéramos decir habría ayudado. Así que allí íbamos, dejando sonar la radio, comentando sólo alguna canción, para romper el silencio. Parando a comer y poco más. Otro cigarrillo. El mismo campo desierto. Y él al volante, los ojos fijos en aquel horizonte marrón. Los ojos perdidos en la carretera. Dos días después llegamos, por fin, a aquel pueblo. Campos sin siembra, casas sin campesinos, calles de otra época. Como una ciudad fantasma que no lo era. Tomamos una taza de café en el único restaurante del barrio. Allí desayunamos. Después fuimos al bar y nos bebimos un whisky. Nadie dijo nada. Cuando llegamos a la iglesia el párroco lo saludó. Hacía muchos años que no te veíamos por aquí, le dijo a nuestro amigo. Él preguntaba mucho por ti. Nos contaba que vivías en la ciudad. Que algún día se reuniría contigo. Que... No se moleste. No hable más. He venido sólo a comprobar que de verdad ha muerto. Ahora mi madre, señor, ya puede descansar en paz. Esté dónde esté. Fue un viaje largo. Dos días atravesando campos sin vida. Pero debíamos hacerlo. Teníamos que hacerlo. Queríamos estar allí.
30.1.10
Nadie contestó
No estábamos preparados para aquello. No aquella noche. Era sólo una noche más. Sábado. Tres cervezas. Todos alrededor. Nada importante. Risas y nosotros. Poco más necesitábamos. Pero uno de los muchachos no reía. Apenas bebía. Estaba allí, sentado en su taburete, mirando la mesa. Se acumulaban las botellas a su alrededor. Jugueteaba con una chapa. Nadie le preguntó. Cada uno necesita sus espacios. Ahí estábamos. Él lo sabía y con eso bastaba. Cuando quisiera hablar escucharíamos. Mientras tanto reíamos. Bebíamos. Anécdotas de ayer. Promesas de mañana. Todo como siempre. Hay rutinas que son el único hogar al que uno quiere volver. Con la cuarta ronda, rompiendo las carcajadas de los muchachos, habló. “¿Habéis pensado alguna vez, cuando están las ventanas abiertas, si os atreveríais a saltar al otro lado?”, nos preguntó. Después bajo de nuevo la vista y siguió jugando con su chapa. Nadie contestó.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)