3.8.13

No te vas a morir, chico


Entró al bar con los ojos desencajados como si hubiera visto su cadáver en el espejo. Con las manos temblando. La respiración entrecortada. Nos buscó torpemente entre los cuerpos y cuando llegó a nosotros nos miró como si estuviera mirando la pared detrás de nosotros, atravesándonos sin vernos. No puedo respirar, nos dijo. Me va a estallar el corazón. Algo me está devorando por dentro. Apenas podía hablar. Lo hacía resoplando. Sacando fuerzas de las entrañas para exhalar cada palabra. Girando la cabeza para mirarnos a todos sin alcanzar a centrarse en nuestros ojos. El corazón, es el corazón. Se me escapa del cuerpo. No responde. Voy a explotar y os prometo que no he tomado nada para estar así. Nunca estuve así antes. Ayer estuve con ella. Hoy me he despertado solo. Y ahora no puedo respirar. Voy a distintas velocidades y ninguna la controla mi cerebro. Los muchachos le miraban sorprendidos. Sin pronunciar palabra. Esperando cada nueva palabra que pudiera pronunciar. Le puse la mano sobre el pecho, con la palma extendida, buscando los golpes del corazón. Después me giré hacia la barra y pedí un trago de whisky. No te vas a morir, chico. No al menos hoy. Tómatelo. Después sal a buscar a esa chica y bésala. 

21.6.13

Aquí, ese lugar


Nos juntamos alrededor de la mesa. Desdoblamos el mapa como se desnuda a una mujer que se ama. Y lo desplegamos sobre el tablero. Lo miramos sin decir nada. Aquellos lugares. Aquellas líneas trazadas. Acariciamos los países y las ciudades. Pronunciamos en silencio sus nombres. Durante minutos. Después alzamos lentamente la vista hasta nosotros. Unos a otros. Nos fijamos en nuestros ojos reflejados en los otros. Los muchachos y yo. Volvemos a fijar la mirada. Todos ahora en el mismo punto. Al otro lado de los oceános. En otra esquina de todo. Ese lugar. Y extiendo el brazo hasta acercarme. Con la mano sobrevolando el mundo. Hasta que poso mi índice sobre el punto negro bajo el nombre. Aquí, les digo. Y todos asentimos.

19.5.13

Uno junto a otro


Caminábamos uno junto a otro, desplegados ocupando la calle. Como si avanzara lentamente la infantería hacia una muerte segura pero valiente. Pasos firmes y la mirada clavada en el mañana. Sin hablarnos. Extendiéndonos el paquete de cigarrillos y el mechero de gasolina. Escupiendo el humo al frente. Dejando detrás la nube del tabaco y un puñado de vidas, las nuestras, aguardando el regreso. No importaban los coches. No importaban los vecinos que se asomaban a mirar por las ventas. Ni las señoras que asentían a nuestro paso, las que nos conocen desde que éramos niños, cuando aprendimos a andar siempre juntos, nadie delante. Por supuesto, tampoco detrás. Atravesábamos la ciudad, nuestra ciudad, la que nos tocó en el reparto. Compartiendo aquella tarde antes de que las nubes que venían en dirección contraria nos alcanzasen. 

13.4.13

Levántate y bésame


Te he visto cómo me mirabas. Ahora no disimules. Ahora no dejes de sonreír, chica. No me creo tu pose. Te he visto desde el otro lado de este bar. Lo he atravesado como se atraviesa un océano. He caminado la distancia que nos separaba como quien escala una montaña para clavar una bandera en una cima. Y puedo prometer, cuando nunca prometo nada, que no soy un tipo al que le gusten las banderas. Te he visto que me mirabas cuando pensabas que yo no lo hacía. No lo ocultes. Ya no tiene sentido. Querías que llegara hasta ti. No te engañes. Esto es lo que buscabas. Y aquí estoy. Sabes que no ha sido un viaje fácil. Los dos conocemos este barrio. Los dos sabemos cómo son nuestras vidas. Los dos sabemos que amanecerá y todo desaparecerá. Pero ahora escucha la música. Suena para nosotros, sí, créelo. Sé que tú tampoco tienes suerte. Aquí la suerte nunca hizo parada a otro lugar. Pero hoy, esta noche, tenemos los dados trucados y solo depende de nosotros lanzarlos. Ya sabes a qué me refiero. Llevas mirándome toda la noche. Lo sé porque yo también lo hacía. Yo no me escondo. Me has visto. Nuestras miradas se han cruzado. Querías que recorriera esta distancia que nos separaba y aquí estoy. No disimules ahora. Deja a tu amiga. Deja de hablar. No me des la espalda. Mírame como me mirabas antes. Aquí estoy. Levántate y bésame. Antes de que amanezca. Antes de que regreses a tu vida otra vez.

15.3.13

La nueva frontera

Nos dimos la mano bajo la luz de aquel túnel y nos marchamos. Cada uno caminando hacia un extremo. Hacia las siluetas de los nuestros al fondo. Nos esperaban allí, fumando, inquietos, apoyados en las paredes de aquel pasadizo. Aguardando un gesto, una señal. Cualquier indicio de que había llegado el momento de cruzar al otro lado o de volver por donde habíamos venido antes. Les miré al llegar a ellos. Asentí. Asintieron. Dieron la última calada a sus cigarrillos y los lanzaron lejos, con desgana. Después nos fuimos. No hablamos de regreso. Nadie dijo nada porque no había nada que decir. Al otro lado del túnel la escena habría sido parecida. Un leve movimiento de cabeza y todos de nuevo a casa, al territorio conocido, lejos de aquella barricada recién levantada, al lado propio de la frontera que acabábamos de trazar. Ninguno de los muchachos se hubiera echado atrás. Ninguno hubiera retrocedido entonces ni se lo hubiera pensado. Sabían que estábamos allí para llegar hasta el final de aquello, fuese cual fuese aquel final. Pero todos respiraron aliviados con los ojos. Como yo. Aunque no lo dijéramos porque no necesitábamos decirlo. Aquel tipo y yo nos habíamos repartido nuestro mundo. Nos dimos la mano y las espaldas. Y volvimos con los nuestros.

15.2.13

Y colgaste


Crucé aquel país donde hablaban raro y me miraban peor para encontrarte. Recorrí el camino que nos separaba solo porque sabía que al otro lado estarías tú, allí, esperándome, con una cerveza recién empezada o un café negro y amargo humeando junto a un cigarrillo encendido, como lo tomabas siempre. Atravesé aquel territorio por el que nunca hubiera querido transitar porque nunca quise perder la seguridad del barrio y de los muchachos cerca. ¿Estás seguro? ¿Por qué lo haces? Me lo preguntaron ellos la última noche de aquel invierno, con la maleta preparada y el billete que me conduciría hasta ti. Llegaría allí. Buscaría la dirección apuntada en el papel, aunque la memoricé hace semanas. Y cuando la encontrase llamaría a tu puerta y abrirías. Me vería entonces reflejado en tus ojos. Quizá nos viese a los dos al fondo de los mismos, abrazados, adelantado unos segundos el futuro. Y te vería sobre todo a ti, por fin, a este lado del océano que nos separó. Atravesé aquel país donde no supe qué comer porque no supe cómo pedirlo. Los dedos de ambas manos entrelazados para calmar los nervios. Un paquete de pitillos agonizando con cada parada. Y las piernas listas para caminar tu ciudad, mis últimos metros de distancia. Cuando llegué te telefoneé. Estabas en casa. Lo siento, sé que ha sido un viaje largo, dijiste, pero no podemos vernos. Solo espero que algún día no me guardes rencor por haberte hecho esto, susurraste. Y colgaste.

19.1.13

Y que por fin sane el corazón...


Aquello era lo más parecido a una misa en la que nos encontrarían. El sábado, en aquel club. El hombre con su sombrero borsalino. Arrodillado sobre el escenario, en la penumbra, huyendo del foco y de las miradas. Al fondo estábamos nosotros. “Rezad para que llegue ahora el perfume de las promesas que jamás os atrevisteis a prometer”, susurraba, cantando al suelo con las uñas clavadas en el alma. “La soledad de la nostalgia, allí donde el amor ya fue relegado. Y que se curen nuestro cuerpo y nuestra mente. Y que por fin sane el corazón”. Lo sentíamos en las entrañas. Donde solo se sienten el dolor y las náuseas. Donde empieza y termina todo. Ninguno hablábamos mientras duraban aquellas plegarias. Bebíamos en silencio con los ojos atrapados en su traje gris. Jamás nos pusimos a merced de un predicador. No quisimos que nos encerraran en una Biblia en la que no creímos. Nos negamos a acudir en grupo a buscar la fe entre muros con cruces que no entendíamos. Pero cada sábado, cuando la madrugada nos recordaba ya que volvería a amanecer y todo empezaría de nuevo, otra vez, nos confesábamos en aquel club, ante aquel anciano que no levantó los ojos de su infierno y nunca nos vio esconder las lágrimas cuando cantaba.

15.12.12

¿Y para qué quieres tú una pistola?

¿Ey, vosotros sabéis dónde puedo conseguir una pistola?, nos preguntaba aquel hombre. ¿Y para qué quieres tú una pistola?, le respondíamos. Algún día me quitaré de en medio. Ya no soporto más todo esto que sucede. Ya no quiero seguir aquí. No le hacíamos caso ni le dábamos importancia. Llevaba ya años preguntándonos, a medianoche y tras varias copas, dónde se podía comprar una pistola en la ciudad. Siempre lo mismo. Siempre olvidando que ya nos lo había preguntado, en aquel mismo bar, a mí y a los muchachos, más de cien veces. En la misma esquina de la noche, cuando todo se tuerce y a veces nunca se recompone ya. Aquella vez tampoco le prestamos atención. Ayudadme, nos dijo. Necesito comprar esa pistola. Pero los muchachos y yo nos giramos y volvimos a lo nuestro, que era nada, pero era mejor que aquello que ya habíamos vivido. Se fue lentamente hacia la puerta, con los ojos clavados en la puntera de sus zapatos, a pequeños pasos, balanceándose lentamente, como mecido por una marea bajo sus pies. Lo vimos desaparecer por la puerta. Pronto volveríamos a vivir aquella escena. Otra madrugada cualquiera. Ey, nos diría, sé que si hay alguien en el barrio que sepa cómo conseguir un arma, esos sois vosotros. ¿Y para qué quieres tú un arma?, le repetiríamos. ¿Por qué no saltas delante de un tren, si es realmente lo que quieres?, le volvería a preguntar uno de los chicos. Pero el hombre no respondería. Nos miraría con los ojos agrietados por el alcohol, daría la vuelta y nos dejaría atrás.

9.12.12

Nada existía ya

Cuando entré a aquella casa no quedaba nada de ella. Los armarios vacíos. El sofá aquel frente a la radio convertido en un desierto. Las paredes blancas. Ni la nevera, donde escondía las cervezas al fondo, parecía ya la misma. Me giré y salí de allí, como queriendo asegurarme que no me había equivocado de puerta y estuviera viviendo la vida de otro hombre. Pero era la mía. Aquella era la vida a la que regresaba, tras una ausencia que todavía no puedo contar. Con los bolsillos vacíos y un alma pequeña, como decían los grandes emperadores, arrastrando un cadáver. Nada existía ya.

21.11.12

Nunca se abandona Desolation Road

La última vez que caminé por Desolation Road amanecía en otro país y un avión sobrevolaba otro mundo, a diez mil pies de altura. Una niña saltaba sobre baldosas amarillas en una calle desierta. Y una madre llamaba a un niño desde una ventana. La última vez que pisé el barrio de Desolation Road los muchachos me esperaban en el bar. Los cigarrillos encima de la barra. Una copa para mí. El penúltimo brindis. Y una canción irlandesa sonando, como siempre, de fondo, como suenan las canciones irlandesas. La última vez que vine aquí era otro mundo. Yo quería ser otra persona. Todo es lo mismo. Hoy vuelvo a Desolation Road con los zapatos limpios y corbata. Un funeral. Otro adiós. He visto mi cuerpo tumbado a las puertas de un infierno que me dicen que no existe, que cerraron. Y una cruz apuntalada a la pared. Y una Biblia en un cajón. Y uno de los muchachos acorralado en un rincón, con los ojos en una ventana a un patio interior. La última vez que vine a Desolation Road habían pasado diez años desde que llegué. Una vez que no lo fue. Hoy vuelvo como si nunca me hubiera ido. Porque si algo saben los muchachos es que por mucho que uno se ponga chaqueta y corbata, por mucho que los curas te mencionen en sus pregones, por mucho que se cruce la ciudad o dos océanos, nunca se abandona Desolation Road.

23.9.12

Por una moneda

La voluntad. Rara vez más de una moneda. Mientras había sol al fondo de la iglesia. De madrugada en el bar, también al fondo, entre las sombras. No hablaba. No lo necesitaba. Tampoco compartía los secretos de su trabajo con nadie. Se acercaban a él, le susurraban al oído y se quedaban unos minutos junto a él. Después le abrazaban y se marchaban. Llegaban con los ojos tensos, con el gesto serio y se marchaban con sonrisas en las pupilas, relajados, satisfechos. Junto a aquel hombre dejaban un lastre de años. Los remordimientos. Los fantasmas que llevaban anudados a los tobillos. Él los recibía a todos. No hacía preguntas. Sólo escuchaba y asentía. Todas las almas eran la misma. Todas las historias se repetían. Todos tenían siempre un motivo. Por la voluntad. Rara vez más de una moneda. Durante el día cerca de Dios; al caer la noche al fondo de las botellas, aquel hombre lloraba por aquellos que no habían conseguido llorar.

12.5.12

Franky, esta noche actúas

Lo habíamos encontrado al mediodía, tirado en un callejón, con la espalda pegada al muro, dormitando aún agarrado a la botella. Lo habíamos llevado a su motel. Le metimos en la ducha, como pudimos, y apuntamos el chorro de agua fría contra su cara. Se despertó, por fin, entre fantasmas, sin pronunciar palabra, agitado buscando la botella que ya no tenía. Le dijimos que se visitera, que vomitara, que se tomara un café y que comiera algo. Esta noche actúas, Franky, vamos, has cobrado por adelantado. Cuando llegamos ya estaba subido al escenario. Nadie parecía hacerle caso, con charlas entre botellas de cerveza y chupitos de whisky a quemarropa. Franky al fondo, en aquella plataforma en alto, sentado en una banqueta, acariciando su guitarra y mirando el suelo. El micrófono pegado a la lengua. La voz en un susurro. En su planeta. “Hay que darle una vuelta a la rueda fortuna. Y esa rueda ya nombra quién gana”. Los muchachos lo escucharon. Y yo con ellos. Nos adelantamos a las mesas vacías de las primeras filas. Bebimos en silencio. Franky estaba solo. En otro lugar. La camisa limpia. Las botas sucias. El pelo aún húmedo, pegado a la cara. De fondo ruido de copas y risas de otro planeta. Levantó la vista, nos miró. Y sin subir la voz, sonrió. “El que sale perdiendo, un día ganará”, cantó. Y volvió a hundir la mirada en sus botas. La última estación antes del infierno.

5.3.12

Tú la necesitarás más

Me tendió un cigarrillo. Las uñas rebasan el límite de las yemas. Escondían bajo ella los restos de dos barrios y un naufragio. En la barba, adornada con migas de un banquete al que no hubiera querido asistir, refugiaba un rostro que se negaba a mostrar. Toma, muchacho, me dijo. Fuma conmigo. Saqué el mechero y prendí su pitillo. Después el mío. Me senté a su lado en la escalinata. Tardamos tres bocanadas en dirigirnos la palabra. Hacía sol aquel día y parecía que el invierno se escapa, por fin, doblando la esquina al fondo. Vienen jodidas, chaval, me dijo. A mí ya no me toca, porque me libré de todo esto, de los políticos que nos venden vidas donde solo vale casarse y pagar impuestos y trabajos donde sólo puedes tener manos que no sienten. A mí ya no me pillan. Yo lo dejé atrás. Ahora tengo una barba donde lo llevo todo y dos cigarrillos. Bueno, los tenía. Pero los volveré a tener. Mi hijo no recuerda que fui su padre y yo intento acordarme cada noche de que lo era. Cuando amanece empiezo de cero. Fumé, escuchándole, asintiendo mientras exhalaba el humo. Cuando apuramos la colilla, quemándonos los dedos, nos despedimos. Adiós, amigo, le dije. Hasta la vista. Buena suerte. A mí no me hace falta, respondió. Te doy la que me toque, chico. Tú la necesitarás más.

29.1.12

Era una mujer desnuda...

Era una mujer desnuda sujetando una sombrilla de papel. Estaba tumbada y miraba al suelo, con sus ojos rasgados, sola en un jardín. Trajo el dibujo uno de los muchachos. Lo había encontrado junto a unos cubos de basura, al lado del local que regentaba una familia japonesa. Nos lo mostró y todos lo miramos. Intentamos adivinar quién podría ser aquella mujer. Por qué estaba desnuda bajo un sol que no aparecía dibujado y sosteniendo aquella sombrilla con pájaros pintados. Y, sobre todo, tratamos de imaginar por qué parecía tan sola, por qué no mirábamos su cuerpo sino sus ojos rasgados. Y quién la habría pintado así, quién la habría soñado tan triste. Alguno quiso probar suerte y nos contó una historia de un amor deshecho, de una pasión ya terminada, de un cuerpo que necesitaba de nuevo que lo amasen. Escuchamos en silencio, mirando el dibujo, sin responder. Cada uno probó suerte. Inventamos nombres. Lugares que jamás conocimos y nunca visitaríamos. Pasados que habíamos visto en las películas. Historias de amor que no teníamos. Pasamos la tarde alrededor de aquella mesa, con el dibujo en el centro, con los ojos buscando los detalles. Las rocas del jardín, las sandalias en los pies, el trazo más grueso en los pezones. Volviendo cada vez a aquellos ojos que miraban la tierra buscando una respuesta enterrada. Con una mano aferrada al mango de la sombrilla y la otra posada, con la palma extendida, sobre aquella superficie que nos pusimos de acuerdo en que debía ser hierba verde, ligeramente húmeda, blanda, porque si fuera tierra no estaría así tumbada. Y solo cuando empezaba a anochecer al otro lado de la ventana, uno de los muchachos lo dijo: “¿Sabéis? Yo jamás la hubiera abandonado”. Todos asentimos, mirando a los ojos de aquella mujer, buscando la sonrisa que tampoco le habían dibujado.

26.11.11

Estos tampoco serán buenos tiempos

Estábamos asustados. Sabíamos que no podía traernos nada bueno. Un hombre que no te mira a los ojos sólo será capaz de dispararte por la espalda. Lo habíamos visto en el cine. Sólo los hombres de verdad, decíamos, miran a los ojos mientras golpean. Porque debes dejar que vean el miedo en tus ojos también. Porque sólo cuando el miedo nos impulsa podemos vencer. Lo repetían los muchachos, con mucha convicción pero sin saber realmente qué significaba aquello. Les ayudaba a sentirse mejor. Con eso bastaba. Uno de ellos contaba todavía como una noche, mientras le vapuleaba un tipo veinte kilos más grandes, no dejó de mirarle a los ojos. Y como tras mirarle y saber que no se rendiría había dejado de pelear y había echado a correr. Me abrió una ceja, repetía, yo ni le alcancé, pero gané la pelea. Por eso cuando vimos a aquel político en la televisión, con su traje a medida, con su corbata recta, con sus papeles preparados, mirando hacía el suelo, supimos que aquella pelea no la ganaríamos nosotros. Preparaos, chicos, dijo uno de nosotros. Estos tampoco van a ser buenos tiempos.

9.11.11

Ella no tenía miedo

Tenía tanto miedo que procuraba no mirarla a los ojos. Pero tampoco podía hacerlo al suelo. Se hubiera dado cuenta. Así que decidí comportarme como si tuviera muchísima prisa, como si estuvieran esperándome en algún otro sitio para algo mucho más importante. Miraba a los lados, nervioso, acompañando ligeramente la vista con el cuerpo, inclinando el torso a uno y otro lado, y las rodillas, demostrando que en cualquier momento los pies reaccionarían también y empezarían a andar. Si hubiera llevado reloj lo hubiera mirado también, con impaciencia, con desesperación. Pero jamás lo usé. Así que allí estaba, temeroso, frente a ella, gesticulando absurdamente como si un incendio se hubiera desatado a mis pies y ya me llegase el humo a los ojos. Ella, al contrario, me miraba fijamente. Veía sus ojos clavados en los míos cada vez que giraba la cabeza. Más lástima que rabia. Más nada que todo. No había sacado las manos de los bolsillos del abrigo. Apenas tampoco la boca de la bufanda. Sólo sus ojos. Ni para saludarme había cambiado el gesto. Ni siquiera cuando empecé a agitarme dispuesto a echar a correr. Ella no tenía miedo. Ella sabía lo que debía decir. Ella sabía lo que quería contarme. El problema es que yo también lo sabía. Pero no quería escucharla. Porque tenía miedo. Y porque no sabía qué le iba a responder.

11.9.11

¡Pero si tienes vértigo!

Cuando tomó los mandos de la aeronave intentó recordar lo que le había dicho el instructor. Se imaginó dos años antes, sentado en su simulador, escuchando a aquel hombre que contaba entre clases las batallas de una guerra a años luz, en una selva que no sabía situar en los mapas. Se ajustó la corbata, en un gesto repetido tantas veces frente al espejo, esta vez sin poder verse al otro lado del cristal, la raya del peinado en el lado contrario. Se estiró también las mangas de la camisa, para evitar las arrugas del antebrazo, hasta cubrir el reloj. Y se miró las uñas de las manos, extrañado por no haberse percatado aquella mañana que debía habérselas cortado hacía varios días. Estaba bien. Contento. Había dormido plácidamente la noche antes y el café con leche le había espabilado del todo. Las azafatas, sobre todo una, menuda, atlética, sensual, le habían sonreído en el finger de acceso. Les devolvió la sonrisa, a pesar de su timidez frente a tres mujeres juntas, y se metió en la cabina. Faltaban quince minutos para despegar. Se ató de nuevo los cordones, hasta cuatro veces lo hacía antes de despegar para asegurarse que estarían bien atados durante el vuelo. Era 11 de septiembre. Había amanecido pocos minutos antes. Brillaba el sol. Nos lo contó uno de los muchachos. Había anochecido ya. Jamás había subido a un avión. Apenas salía del barrio. Pero aquella noche soñó que era un apuesto piloto dispuesto un día más para sobrevolar el mundo. Cuando se despertó se marchó a la fábrica. Al final del día recordó el sueño y lo compartió con nosotros. ¿Tú, piloto? Nos reímos. ¡Pero si tienes vértigo!

2.4.11

El viejo Charlie

Tenía el pelo blanco, la piel dura y los ojos huidos. Miraba desde las penumbras y casi sin romper el silencio te apuntaba con el índice mientras te decía: “Acéptalo, eres Dios”. Lo conocíamos desde hacia muchos años. Era uno de esos hombres que esconden más secretos que monedas. Se sentaba en una de las mesas del bar y bebía solo, siempre bourbon, leyendo su Biblia desgastada y anotando con un lapicero en los márgenes. Se la sabía de memoria. Desde que estuvo en prisión, veinte años atrás, según nos contó una noche que el bourbon de más le hizo hablar de más. No explicó por qué le habían encerrado. Los muchachos no le preguntaron. Sólo se levantó de la mesa, trastablillado, sin equilibrio y se acercó al fondo de la barra con los ojos puestos en uno de los muchachos y apuntándolo con el índice. Algo decía, pero nadie le entendía. Cuando llego a nuestro lado abrimos el corro para hacerle hueco. Miro a los ojos a nuestro muchacho, le tocó en el hombro con la mano, desde abajo, y le susurro como se susurran las últimas palabras en el lecho de muerte: “Aún no has aceptado que eres Dios”. Después se marchó. Al día siguiente volvió a beber solo en su mesa, leyendo su Biblia y anotando en los márgenes. Nunca más nos dijo nada.

21.3.11

Lo decía el diario

Los periódicos traían muertes anunciadas en la portada. Almas errantes con los zapatos atados en las manos. Rostros de mujeres que olvidaron cómo se lloraba. Ecos de allá lejos, donde las chimeneas escupen humos amarillos y los niños crecen sin futuro. Tomaba café en una mesa apartada, en la cafetería del barrio, con la cabeza hundida en las páginas, la boca abierta, los ojos entornados y la taza ya fría. Lo leía, sin querer creerlo. Sin ser capaz de explicarle a los muchachos, después, que da igual lo que hagamos, que nada depende al final de nosotros. Que llevan razón las señoras que se hunden en los bancos de la iglesia. Que el Señor no manda ni es misericordioso. Que quienes guían nuestros presentes son otros señores a los que no vemos, a quienes no importa rezar. Si quieren encomiéndense a santos vengativos. Si quieren olvídense de todo y busquen la verdad en una botella. En cualquier sitio espera el demonio para devorar nuestros intestinos. Lo decía el diario, con letras grandes, cinco columnas. Aunque con otras palabras.

20.2.11

¿Tienes miedo? Todos lo tenemos.

¿Ves aquel grupo? ¿Son muchos más que nosotros, verdad? Yo diría que el doble. ¿Tienes miedo? Puedes tenerlo. No temas decirlo. Yo también lo tengo. Son más y lo sabemos y lo saben. Son demasiados. Quizás. No lo sabremos hasta que no llegue el momento. No es la primera vez que estamos en una situación así. Míranos. ¿Nos ves? Estos somos nosotros. Pocos. Pero nosotros. Iremos y pelearemos, como siempre, como si fuese la última vez de nuestras vidas. Tal vez lo sea. Sólo así podremos volver aquí después y tomar una cerveza y reír y seguir adelante. Míralos a ellos. ¿Los ves? Mírales las caras. ¿Te has fijado? Son muchos más, pero también tienen miedo. Saben quiénes son. Saben quiénes son los hombres que les rodean. También saben quiénes somos nosotros. Nos conocen. Fíjate bien, muchacho. Lo importante no es ser muchos. Lo importante es saber que los pocos que están a tu lado lo estarán hasta el final, pase lo que pase. Yo sé que nosotros lo estaremos. Míranos. Si uno salta el resto saltaremos. Somos hermanos. Ahora míralos a ellos. Ninguno sería capaz de apostar nada por el amigo que tiene junto a él. ¿Tienes miedo ahora? Dilo. No importa. Puedes tenerlo. Todos lo tenemos.