21.11.12
Nunca se abandona Desolation Road
La última vez que caminé por Desolation Road amanecía en otro país y un avión sobrevolaba otro mundo, a diez mil pies de altura. Una niña saltaba sobre baldosas amarillas en una calle desierta. Y una madre llamaba a un niño desde una ventana. La última vez que pisé el barrio de Desolation Road los muchachos me esperaban en el bar. Los cigarrillos encima de la barra. Una copa para mí. El penúltimo brindis. Y una canción irlandesa sonando, como siempre, de fondo, como suenan las canciones irlandesas. La última vez que vine aquí era otro mundo. Yo quería ser otra persona. Todo es lo mismo. Hoy vuelvo a Desolation Road con los zapatos limpios y corbata. Un funeral. Otro adiós. He visto mi cuerpo tumbado a las puertas de un infierno que me dicen que no existe, que cerraron. Y una cruz apuntalada a la pared. Y una Biblia en un cajón. Y uno de los muchachos acorralado en un rincón, con los ojos en una ventana a un patio interior. La última vez que vine a Desolation Road habían pasado diez años desde que llegué. Una vez que no lo fue. Hoy vuelvo como si nunca me hubiera ido. Porque si algo saben los muchachos es que por mucho que uno se ponga chaqueta y corbata, por mucho que los curas te mencionen en sus pregones, por mucho que se cruce la ciudad o dos océanos, nunca se abandona Desolation Road.
23.9.12
Por una moneda
La voluntad. Rara vez más de una moneda. Mientras había sol al fondo de la iglesia. De madrugada en el bar, también al fondo, entre las sombras. No hablaba. No lo necesitaba. Tampoco compartía los secretos de su trabajo con nadie. Se acercaban a él, le susurraban al oído y se quedaban unos minutos junto a él. Después le abrazaban y se marchaban. Llegaban con los ojos tensos, con el gesto serio y se marchaban con sonrisas en las pupilas, relajados, satisfechos. Junto a aquel hombre dejaban un lastre de años. Los remordimientos. Los fantasmas que llevaban anudados a los tobillos. Él los recibía a todos. No hacía preguntas. Sólo escuchaba y asentía. Todas las almas eran la misma. Todas las historias se repetían. Todos tenían siempre un motivo. Por la voluntad. Rara vez más de una moneda. Durante el día cerca de Dios; al caer la noche al fondo de las botellas, aquel hombre lloraba por aquellos que no habían conseguido llorar.
12.5.12
Franky, esta noche actúas
Lo habíamos encontrado al mediodía, tirado en un callejón, con la espalda pegada al muro, dormitando aún agarrado a la botella. Lo habíamos llevado a su motel. Le metimos en la ducha, como pudimos, y apuntamos el chorro de agua fría contra su cara. Se despertó, por fin, entre fantasmas, sin pronunciar palabra, agitado buscando la botella que ya no tenía. Le dijimos que se visitera, que vomitara, que se tomara un café y que comiera algo. Esta noche actúas, Franky, vamos, has cobrado por adelantado. Cuando llegamos ya estaba subido al escenario. Nadie parecía hacerle caso, con charlas entre botellas de cerveza y chupitos de whisky a quemarropa. Franky al fondo, en aquella plataforma en alto, sentado en una banqueta, acariciando su guitarra y mirando el suelo. El micrófono pegado a la lengua. La voz en un susurro. En su planeta. “Hay que darle una vuelta a la rueda fortuna. Y esa rueda ya nombra quién gana”. Los muchachos lo escucharon. Y yo con ellos. Nos adelantamos a las mesas vacías de las primeras filas. Bebimos en silencio. Franky estaba solo. En otro lugar. La camisa limpia. Las botas sucias. El pelo aún húmedo, pegado a la cara. De fondo ruido de copas y risas de otro planeta. Levantó la vista, nos miró. Y sin subir la voz, sonrió. “El que sale perdiendo, un día ganará”, cantó. Y volvió a hundir la mirada en sus botas. La última estación antes del infierno.
5.3.12
Tú la necesitarás más
Me tendió un cigarrillo. Las uñas rebasan el límite de las yemas. Escondían bajo ella los restos de dos barrios y un naufragio. En la barba, adornada con migas de un banquete al que no hubiera querido asistir, refugiaba un rostro que se negaba a mostrar. Toma, muchacho, me dijo. Fuma conmigo. Saqué el mechero y prendí su pitillo. Después el mío. Me senté a su lado en la escalinata. Tardamos tres bocanadas en dirigirnos la palabra. Hacía sol aquel día y parecía que el invierno se escapa, por fin, doblando la esquina al fondo. Vienen jodidas, chaval, me dijo. A mí ya no me toca, porque me libré de todo esto, de los políticos que nos venden vidas donde solo vale casarse y pagar impuestos y trabajos donde sólo puedes tener manos que no sienten. A mí ya no me pillan. Yo lo dejé atrás. Ahora tengo una barba donde lo llevo todo y dos cigarrillos. Bueno, los tenía. Pero los volveré a tener. Mi hijo no recuerda que fui su padre y yo intento acordarme cada noche de que lo era. Cuando amanece empiezo de cero. Fumé, escuchándole, asintiendo mientras exhalaba el humo. Cuando apuramos la colilla, quemándonos los dedos, nos despedimos. Adiós, amigo, le dije. Hasta la vista. Buena suerte. A mí no me hace falta, respondió. Te doy la que me toque, chico. Tú la necesitarás más.
29.1.12
Era una mujer desnuda...
Era una mujer desnuda sujetando una sombrilla de papel. Estaba tumbada y miraba al suelo, con sus ojos rasgados, sola en un jardín. Trajo el dibujo uno de los muchachos. Lo había encontrado junto a unos cubos de basura, al lado del local que regentaba una familia japonesa. Nos lo mostró y todos lo miramos. Intentamos adivinar quién podría ser aquella mujer. Por qué estaba desnuda bajo un sol que no aparecía dibujado y sosteniendo aquella sombrilla con pájaros pintados. Y, sobre todo, tratamos de imaginar por qué parecía tan sola, por qué no mirábamos su cuerpo sino sus ojos rasgados. Y quién la habría pintado así, quién la habría soñado tan triste. Alguno quiso probar suerte y nos contó una historia de un amor deshecho, de una pasión ya terminada, de un cuerpo que necesitaba de nuevo que lo amasen. Escuchamos en silencio, mirando el dibujo, sin responder. Cada uno probó suerte. Inventamos nombres. Lugares que jamás conocimos y nunca visitaríamos. Pasados que habíamos visto en las películas. Historias de amor que no teníamos. Pasamos la tarde alrededor de aquella mesa, con el dibujo en el centro, con los ojos buscando los detalles. Las rocas del jardín, las sandalias en los pies, el trazo más grueso en los pezones. Volviendo cada vez a aquellos ojos que miraban la tierra buscando una respuesta enterrada. Con una mano aferrada al mango de la sombrilla y la otra posada, con la palma extendida, sobre aquella superficie que nos pusimos de acuerdo en que debía ser hierba verde, ligeramente húmeda, blanda, porque si fuera tierra no estaría así tumbada. Y solo cuando empezaba a anochecer al otro lado de la ventana, uno de los muchachos lo dijo: “¿Sabéis? Yo jamás la hubiera abandonado”. Todos asentimos, mirando a los ojos de aquella mujer, buscando la sonrisa que tampoco le habían dibujado.
26.11.11
Estos tampoco serán buenos tiempos
Estábamos asustados. Sabíamos que no podía traernos nada bueno. Un hombre que no te mira a los ojos sólo será capaz de dispararte por la espalda. Lo habíamos visto en el cine. Sólo los hombres de verdad, decíamos, miran a los ojos mientras golpean. Porque debes dejar que vean el miedo en tus ojos también. Porque sólo cuando el miedo nos impulsa podemos vencer. Lo repetían los muchachos, con mucha convicción pero sin saber realmente qué significaba aquello. Les ayudaba a sentirse mejor. Con eso bastaba. Uno de ellos contaba todavía como una noche, mientras le vapuleaba un tipo veinte kilos más grandes, no dejó de mirarle a los ojos. Y como tras mirarle y saber que no se rendiría había dejado de pelear y había echado a correr. Me abrió una ceja, repetía, yo ni le alcancé, pero gané la pelea. Por eso cuando vimos a aquel político en la televisión, con su traje a medida, con su corbata recta, con sus papeles preparados, mirando hacía el suelo, supimos que aquella pelea no la ganaríamos nosotros. Preparaos, chicos, dijo uno de nosotros. Estos tampoco van a ser buenos tiempos.
9.11.11
Ella no tenía miedo
Tenía tanto miedo que procuraba no mirarla a los ojos. Pero tampoco podía hacerlo al suelo. Se hubiera dado cuenta. Así que decidí comportarme como si tuviera muchísima prisa, como si estuvieran esperándome en algún otro sitio para algo mucho más importante. Miraba a los lados, nervioso, acompañando ligeramente la vista con el cuerpo, inclinando el torso a uno y otro lado, y las rodillas, demostrando que en cualquier momento los pies reaccionarían también y empezarían a andar. Si hubiera llevado reloj lo hubiera mirado también, con impaciencia, con desesperación. Pero jamás lo usé. Así que allí estaba, temeroso, frente a ella, gesticulando absurdamente como si un incendio se hubiera desatado a mis pies y ya me llegase el humo a los ojos. Ella, al contrario, me miraba fijamente. Veía sus ojos clavados en los míos cada vez que giraba la cabeza. Más lástima que rabia. Más nada que todo. No había sacado las manos de los bolsillos del abrigo. Apenas tampoco la boca de la bufanda. Sólo sus ojos. Ni para saludarme había cambiado el gesto. Ni siquiera cuando empecé a agitarme dispuesto a echar a correr. Ella no tenía miedo. Ella sabía lo que debía decir. Ella sabía lo que quería contarme. El problema es que yo también lo sabía. Pero no quería escucharla. Porque tenía miedo. Y porque no sabía qué le iba a responder.
11.9.11
¡Pero si tienes vértigo!
Cuando tomó los mandos de la aeronave intentó recordar lo que le había dicho el instructor. Se imaginó dos años antes, sentado en su simulador, escuchando a aquel hombre que contaba entre clases las batallas de una guerra a años luz, en una selva que no sabía situar en los mapas. Se ajustó la corbata, en un gesto repetido tantas veces frente al espejo, esta vez sin poder verse al otro lado del cristal, la raya del peinado en el lado contrario. Se estiró también las mangas de la camisa, para evitar las arrugas del antebrazo, hasta cubrir el reloj. Y se miró las uñas de las manos, extrañado por no haberse percatado aquella mañana que debía habérselas cortado hacía varios días. Estaba bien. Contento. Había dormido plácidamente la noche antes y el café con leche le había espabilado del todo. Las azafatas, sobre todo una, menuda, atlética, sensual, le habían sonreído en el finger de acceso. Les devolvió la sonrisa, a pesar de su timidez frente a tres mujeres juntas, y se metió en la cabina. Faltaban quince minutos para despegar. Se ató de nuevo los cordones, hasta cuatro veces lo hacía antes de despegar para asegurarse que estarían bien atados durante el vuelo. Era 11 de septiembre. Había amanecido pocos minutos antes. Brillaba el sol. Nos lo contó uno de los muchachos. Había anochecido ya. Jamás había subido a un avión. Apenas salía del barrio. Pero aquella noche soñó que era un apuesto piloto dispuesto un día más para sobrevolar el mundo. Cuando se despertó se marchó a la fábrica. Al final del día recordó el sueño y lo compartió con nosotros. ¿Tú, piloto? Nos reímos. ¡Pero si tienes vértigo!
2.4.11
El viejo Charlie
Tenía el pelo blanco, la piel dura y los ojos huidos. Miraba desde las penumbras y casi sin romper el silencio te apuntaba con el índice mientras te decía: “Acéptalo, eres Dios”. Lo conocíamos desde hacia muchos años. Era uno de esos hombres que esconden más secretos que monedas. Se sentaba en una de las mesas del bar y bebía solo, siempre bourbon, leyendo su Biblia desgastada y anotando con un lapicero en los márgenes. Se la sabía de memoria. Desde que estuvo en prisión, veinte años atrás, según nos contó una noche que el bourbon de más le hizo hablar de más. No explicó por qué le habían encerrado. Los muchachos no le preguntaron. Sólo se levantó de la mesa, trastablillado, sin equilibrio y se acercó al fondo de la barra con los ojos puestos en uno de los muchachos y apuntándolo con el índice. Algo decía, pero nadie le entendía. Cuando llego a nuestro lado abrimos el corro para hacerle hueco. Miro a los ojos a nuestro muchacho, le tocó en el hombro con la mano, desde abajo, y le susurro como se susurran las últimas palabras en el lecho de muerte: “Aún no has aceptado que eres Dios”. Después se marchó. Al día siguiente volvió a beber solo en su mesa, leyendo su Biblia y anotando en los márgenes. Nunca más nos dijo nada.
21.3.11
Lo decía el diario
Los periódicos traían muertes anunciadas en la portada. Almas errantes con los zapatos atados en las manos. Rostros de mujeres que olvidaron cómo se lloraba. Ecos de allá lejos, donde las chimeneas escupen humos amarillos y los niños crecen sin futuro. Tomaba café en una mesa apartada, en la cafetería del barrio, con la cabeza hundida en las páginas, la boca abierta, los ojos entornados y la taza ya fría. Lo leía, sin querer creerlo. Sin ser capaz de explicarle a los muchachos, después, que da igual lo que hagamos, que nada depende al final de nosotros. Que llevan razón las señoras que se hunden en los bancos de la iglesia. Que el Señor no manda ni es misericordioso. Que quienes guían nuestros presentes son otros señores a los que no vemos, a quienes no importa rezar. Si quieren encomiéndense a santos vengativos. Si quieren olvídense de todo y busquen la verdad en una botella. En cualquier sitio espera el demonio para devorar nuestros intestinos. Lo decía el diario, con letras grandes, cinco columnas. Aunque con otras palabras.
20.2.11
¿Tienes miedo? Todos lo tenemos.
¿Ves aquel grupo? ¿Son muchos más que nosotros, verdad? Yo diría que el doble. ¿Tienes miedo? Puedes tenerlo. No temas decirlo. Yo también lo tengo. Son más y lo sabemos y lo saben. Son demasiados. Quizás. No lo sabremos hasta que no llegue el momento. No es la primera vez que estamos en una situación así. Míranos. ¿Nos ves? Estos somos nosotros. Pocos. Pero nosotros. Iremos y pelearemos, como siempre, como si fuese la última vez de nuestras vidas. Tal vez lo sea. Sólo así podremos volver aquí después y tomar una cerveza y reír y seguir adelante. Míralos a ellos. ¿Los ves? Mírales las caras. ¿Te has fijado? Son muchos más, pero también tienen miedo. Saben quiénes son. Saben quiénes son los hombres que les rodean. También saben quiénes somos nosotros. Nos conocen. Fíjate bien, muchacho. Lo importante no es ser muchos. Lo importante es saber que los pocos que están a tu lado lo estarán hasta el final, pase lo que pase. Yo sé que nosotros lo estaremos. Míranos. Si uno salta el resto saltaremos. Somos hermanos. Ahora míralos a ellos. Ninguno sería capaz de apostar nada por el amigo que tiene junto a él. ¿Tienes miedo ahora? Dilo. No importa. Puedes tenerlo. Todos lo tenemos.
10.2.11
Si mañana no estuviera tan lejos
Dejaron de escuchar el eco de sus pasos. Y se sentaron en un peldaño en la escalera de la iglesia abandonada. Dios tampoco había pasado por allí. Encendieron dos pitillos y tiraron la cajetilla vacía tan lejos como se puede lanzar una caja vacía. Cayó a dos metros. Y rieron. Escandalosamente contra el polvo. Ellos mismos. Trataban de huir y no habían avanzado aún. Si hoy no fuese esta autopista que no termina. Si el mañana no durase tanto tiempo. Y ahora, allí, nada más de lo que había. Llegaremos, le dijo, mirando a la delgada línea que separa los dominios del Señor. Expulsando el humo hacia el cielo. No lo sé, le respondió, mientras escupía su bocanada por una esquina de la boca, el hueco de un diente que se perdió en una calle, una noche, un golpe después. Si solo supiera que mi amor verdadero la seguirá esperando. Sólo podemos seguir. Aquí no queda nadie. Aquí tampoco encontraremos respuestas. Busquemos un lugar tranquilo donde podamos echarnos algún día a dormir por fin.
1.2.11
Estamos rodeados de perdedores
Chica, las cosas son así. No me lo digas. No me mires de esa manera. Sabes que me pongo nervioso. Te lo he dicho. Vístete, ponte guapa. Te sacaré a bailar. No puedo ofrecerte nada más. Sólo esto que ves. Poco, lo sé. Siempre soñaste con más. Pero te engañaron quienes te dijeron que podrías tenerlo. Aquello eran sólo palabras. Yo no te miento. No tengo nada más allá de mis manos. Pero te prometo que te acariciaré como si fuese la primera vez que nos vemos. Y que te haré el amor como si fuese la última noche de nuestras vidas. Estamos aquí. Esto es todo lo que hay. No busques más. No te lamentes. Ni lo intentes. Nadie escuchará esos lamentos. Tampoco nadie escucha tus plegarias. Tú y yo. Esta noche seremos libres. Romperemos todos los juramentos. Veo en tus ojos los fantasmas de aquellos hombres a los que dijiste que no. Olvídalo. Ya pasó. Es aquí y ahora. Mañana no importa. Mañana no existe. Nosotros no lo tenemos. Vamos. Ahora. Ven. Maquíllate. Olvidemos quienes somos. Rompamos con todo. Estamos rodeado de perdedores. Pero saldremos adelante. Vamos, chica. Bésame.
23.1.11
El material de los sueños
Se había convertido casi en una tradición. Un ritual. Un mandamiento que debía siempre seguir. Llegaba un muchacho nuevo al barrio. Tan joven, tan perdido como fuimos y estuvimos nosotros. Se acercaba, buscando calor en mitad del frío. Buscando un puñado de manos amigas, un trago, una historia común. Siempre mirábamos desde arriba al recién llegado. Había que hacerlo. Gánate tu sitio, le decíamos. Aquí no entra cualquiera. Pero sabíamos, según le mirábamos a los ojos, que aquel muchacho se acabaría convirtiendo en un hermano nuestro más. Todos iguales. Somos el mismo, al final. Escuchaban en silencio. Tardaban en hablar. Aquellas historias no las habían vivido. No sabían cuánto había de verdad. No sabían dónde llegaban las mentiras. Tampoco conocían aquella realidad. Rompíamos el hielo con fuego y ellos dudaban. Al final de la noche, cuando sus ojos se sacudían ya el miedo, cuando por fin sentían el calor de las manos amigas, balbuceaban sus primeras palabras. Antes pagaban la última ronda, por supuesto. Entonces extendía mi mano y les decía: ‘Cógela, chico. Y cuando según notaba su apretón, reclamando mucho más, como se agarra uno a los bordes de los barrancos, les preguntaba: ‘¿Lo sientes? ¿Lo notas? Toca mi piel. Éste es el material del que están hechos los sueños. Y todos los muchachos reían. Y ya éramos uno más, que es siempre mejor que ser uno menos.
4.1.11
Otro año; las mismas historias
Otro año. La misma canción que ya no suena. La historia repetida de los muchachos. La misma mujer que se marchó sin besarnos. El mismo refugio, los mismos ojos desgastados, el sueño reincidente. La misma huida que no llega. Las manos más viejas. Las cabezas menos pobladas. Los músculos cansados. El mismo lugar, de ayer, de mañana. Las mismas certezas. Los mismos nudillos hechos trizas. Los mismos labios, de madrugada, cuando no importa lo que antes importaba. El mismo espejo en el que ver los fantasmas reflejados. Al otro lado el mismo viaje. La misma calle. Las mismas ganas de seguir peleando. Allá vamos.
13.12.10
El vendedor de relojes
Para Enrique Morente
Había llegado, nos contó una noche, del sur. Soy un nómada de lo más casero, un francotirador de las tradiciones, un clásico con ganas de seguir dando por el culo. Pensamos que vendía relojes, porque en sus muñecas desnudas el tiempo era arena de un desierto a años luz. Hasta que una noche, cerrada ya, cuando los buenos se esconden bajo las mantas y lloran sobre la esponja de la almohada, se encaramó a un rincón con escalón, entre penumbra y frío, bajo la luz amarillenta de una bombilla mortecina. Y abrió la boca. Dejamos entonces de beber, sosteniendo los vasos con puños apretados como cuando se aferra algo que no se quiere perder nunca o que no existe. Cantó. Con los ojos pequeñitos y cerrados, con los pulmones rompiendo la camisa, con las manos aquellas retacas y rotundas punteando el aire. Estaba allí en su esquina, tras la columna donde aún se puede rezar o matar sin que te vean. Apurando otro vaso de whisky y una parte de nuestras vidas. No le dijimos nada. Lo dejamos seguir, toda la noche, hasta que el sol se filtró a través de la ventana. Amanecía. Relajamos los dedos. Apuramos nuestra copa. Y nos marchamos, sin decirnos nada, secándonos las lágrimas con el dorso de las manos. Vino del sur. Allá marchó, una noche puñetera de diciembre. Debía haber sido vendedor de relojes. Sabía detener el tiempo.
Había llegado, nos contó una noche, del sur. Soy un nómada de lo más casero, un francotirador de las tradiciones, un clásico con ganas de seguir dando por el culo. Pensamos que vendía relojes, porque en sus muñecas desnudas el tiempo era arena de un desierto a años luz. Hasta que una noche, cerrada ya, cuando los buenos se esconden bajo las mantas y lloran sobre la esponja de la almohada, se encaramó a un rincón con escalón, entre penumbra y frío, bajo la luz amarillenta de una bombilla mortecina. Y abrió la boca. Dejamos entonces de beber, sosteniendo los vasos con puños apretados como cuando se aferra algo que no se quiere perder nunca o que no existe. Cantó. Con los ojos pequeñitos y cerrados, con los pulmones rompiendo la camisa, con las manos aquellas retacas y rotundas punteando el aire. Estaba allí en su esquina, tras la columna donde aún se puede rezar o matar sin que te vean. Apurando otro vaso de whisky y una parte de nuestras vidas. No le dijimos nada. Lo dejamos seguir, toda la noche, hasta que el sol se filtró a través de la ventana. Amanecía. Relajamos los dedos. Apuramos nuestra copa. Y nos marchamos, sin decirnos nada, secándonos las lágrimas con el dorso de las manos. Vino del sur. Allá marchó, una noche puñetera de diciembre. Debía haber sido vendedor de relojes. Sabía detener el tiempo.
5.12.10
El hombre de la fotografía
Cuando te miraba, al otro de los ojos, al fondo de la conciencia, veías que el futuro no existía. Tenía las pupilas cansadas. Una vida convertida en surcos alrededor de los párpados. Las cejas alborotadas, grises, puntiagudas. El blanco del iris convertido en rojo. La mirada ausente, en otro lugar, en otro tiempo. Era el mismo hombre que sonreía desde la fotografía en blanco y negro. Allí, los brazos en alto, la multitud voceando su nombre. Desde un trono de hombros que lo aupaban. El mismo congelado en la pared de aquel bar. Ahora, a este lado de la barra, bebía mientras miraba su reflejo en el cristal de la imagen. Siempre en la misma posición. Siempre frente a sí mismo. Aún le llamaban maestro al entrar. Le dejaban beber tranquilo. Sin hablarle, como le gustaba.
28.11.10
La redención
La redención era un lugar que no figuraba en los mapas. La buscaban las señoras en iglesias con señores oscuros. Las parejas dándose últimas oportunidades. Un sitio que todos querían conocer y que cada cual inventaba. Jamás creímos en ella. No estaba hecha para nosotros. No la merecíamos. Tampoco preguntamos por ella. Hay rincones en el alma tan destartalados y caóticos que no hay forma de meterles mano. Mejor no abrir ciertas puertas. Lo sabíamos. Para nosotros la redención era una botella de ginebra. Ceniceros llenos. Y nada que perder. Y alguna mujer, de vez en cuando, que nos rodeaba el cuello con sus brazos. Y una mano sujetándonos por detrás cuando los pies se asomaban al abismo. Otra noche. Y un amanecer cruel con el que despertaban también los fantasmas que habíamos ahogado mientras el sol dormía. La redención era una condena. No la busques, chaval, nos decíamos. No trates de alcanzarla. No existe. Abrázame de nuevo, chica. Dime que todo va bien. Miénteme una última vez.
20.11.10
Yo quería ser otros
Había días en los que mis propias sombras lo oscurecían todo. No importaba que estuviese con los muchachos. Aquellos eran días en los que no quería estar con nadie pero tampoco podía estar solo. Días en los que miraba alrededor y me cambiaría por cualquier otro. Días en los que veía en esas vidas las que yo quería vivir, en sus aspectos el que yo quería tener, en sus conversaciones las que yo deseaba mantener. Aquellos días de nada importaba que tratase de callar mi cabeza ahogándola en vasos de alcohol. La misma sensación acentuada volvía tras un paréntesis de risas, tras un resquicio del olvido. Y entonces volvía a verme rodeado en aquel lugar con música de fondo y humo por rostros alegres, vidas que suponía felices, y mis pies se hundían aún más en unas arenas movedizas que sentía ya alrededor del pecho. Si no puedo respirar no es por el tabaco. Y aunque mirase a esos otros e intentase adivinar si ellos también, de vuelta en sus casas, pensarían en que se cambiarían por otros otros, nada compensaba, nada consolaba. Esos días eran batallas que debía mantener yo conmigo mismo. Lo malo es que nunca he sabido cómo ganarlas. Lo peor es que esos días son cada vez más frecuentes.
17.11.10
Ella no la necesitaba
No volvería a verla. Era la última vez. Después acabaría todo. Aquello no tenía futuro. Tampoco yo. Ofrecí presente a duras penas. Quería más. Aunque lo intentamos no lo conseguimos. Aquella noche nos despedimos. Un último beso bajo la luz. Intentó llorar sin conseguirlo. Volví a casa. Los muchachos me esperaban donde siempre pero aquel día no podía dar explicaciones. Cuando uno pierde todos perdemos. Y nadie le gusta que se lo recuerden. Pasó por mi vida como pasan los buenos recuerdos. Se disfruta mientras sucede pero se sabe que tiene fecha de caducidad. Ella creía en el amor. Yo creía que todo, siempre, podía empeorar. Que el futuro es un animal que mientras le estás acariciando se afila los dientes para morderte. Caminos separados, simplemente. Hoy ya no le doy explicaciones. Aquel día no las encontré. Nos besamos, en aquella esquina de nuestras vidas, y nos deseamos suerte. Ella no la necesitaba.
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