1.1.07

Temblando

Si yo no hubiera sacado aquel arma, ahora seríamos uno menos. Cuando hay que elegir debes hacerlo. No importan las consecuencias. Eso ya vendrá después. Si el mundo debe decidir entre uno de mis muchachos y otro tipo cualquiera que se equivoca, se mete donde no debe y encima quiere ganar, yo ayudo al mundo a decidir. Hay momentos en la vida de uno en los que el pulso no debe temblar. Cuando tienes la conciencia despejada, no tiemblas. Puedes hacerlo con las mujeres, ¡oh, malditas mujeres! Ahí no te queda más remedio que temblar. Porque además sabes que ahí no te sirven de nada los muchachos. Sólo con ellas puedes temblar. Y con la familia, en todo caso. Esa es una pesada herencia obligada que no puedes dejar atrás. No la bendigo. Nunca fuimos de los que cuidaron de su sangre sin importar el precio. Nuestra verdadera familia la hicimos nosotros, en la calle, a fuerza de golpes recibidos. Para formar una familia, de verdad, los golpes que das no cuentan. Sólo importan los que recibes. Pero no hay más familia. Pero la otra no se puede dejar atrás. Por mucho que quieras soltar lastre, no puedes. Por eso te queda el consuelo de temblar. Pero nada más. Por eso no temblé. Era uno de los nuestros o el otro. Los jueces no entienden nunca este tipo de cosas. Esos son señores que sólo piensan en la sangre de su sangre. Son hombres que se permiten temblar por todo. ¿Lo volvería a hacer? Aunque no pudiese volver aquí jamás.

8.10.06

Ausencias

No diré nada. Mejor que no se sepa porque no estuve aquí. De todas formas, nadie me llamó. Los muchachos sí me tuvieron a su alcance. Siempre que me necesiten estaré con ellos. Lo saben. Yo también lo sé. Es la ley que tenemos. No hay nada más allá de la fidelidad... El resto del mundo puede seguir girando. O pararse. A nosotros nos da igual. Estuve fuera. Dejémoslo ahí. Cuando creí que volvía para quedarme tuve que marcharme de nuevo. No preguntéis. Las cosas son como son. Esta vez vuelvo a casa. Me han llamado los muchachos y me ha dicho que me necesitan. El mundo se está parando. Hemos compartido unas cervezas y hemos sentido el vaivén y el vértigo. ¿Miedo? No, nunca, jamás.

28.2.06

Trabajo

Me vestía tan bien que las señoras del barrio me paraban por la calle, apretaban mis mejillas con sus manos y me decían que estaban orgullosas de mí. Cuando era niño hacían lo mismo, pero entonces me reñían. Pocas veces se ponía uno chaqueta y una corbata. Sólo en los funerales y en las bodas lo hacíamos. Para nosotros eran cosas parecidas. Fuese lo que fuese, perdíamos a uno de los muchachos de nuestro lado. Aquel día los llevaba porque quise ir a buscar trabajo. Salí más allá de nuestras manzanas y llegué a un edificio con un hombre a la puerta. Me indicó la dirección y subí. Arriba esperaban otros como yo: chaqueta prestada, pelo húmedo con marcas de peine, manos inquietas, ojos perdidos. Yo entré con la cabeza bien alta. Algunos sufrían y se les notaba. Mascullaban en voz baja “necesito este trabajo, necesito este trabajo”. Después de una hora allí la gente estaba aún más nerviosa. Había dos tipos que no paraban de dar vueltas en círculo. Uno que tenía al lado quiso hablarme. Me mostró una foto en blanco y negro de una niña. Todo valía para hundir a los demás. Me levanté y me largué. Las señoras del barrio estarían orgullosas de mí.

22.2.06

He vuelto

Aquel juez se equivocó. Sí, se equivocó. Vaya si se equivocó. Hice lo que hice porque tenía que hacerlo. Nadie deja solo a uno de los muchachos. Y menos si se le echan cuatro encima. Aquel tipo merecía aquella paliza y mucho más. Puede estar contento de seguir respirando. Sólo le partí los brazos y la mandíbula. Pero al juez no le importó. Dio con su martillo un golpe seco y me mandó encerrar. He salido pronto. Entre rejas tenía un compañero que cantaba toda la noche. Decía que él marcaba su ritmo. Yo ya estoy fuera. Han sido unas vacaciones cortas. Los muchachos fueron a buscarme a la salida. A mi compañero de celda aún le quedan varios años. Seguirá cantando. Me lo prometió cuando nos despedimos. He vuelto para quedarme.

12.12.05

El perro

Apareció un día por el barrio, husmeando entre los cubos de basura, cojo, flaco y mugriento. Los niños lo vieron y se encariñaron con él. Lo lavaron y le dieron de comer. A las dos semanas estaba rollizo y había dejado de cojear. Le lanzaban pelotas y él las traía de vuelta. Daba saltos y se dejaba acariciar por todo aquel que se le acercaba. Los niños reían. Era de todos y de nadie. Dormía acurrucado bajo las escaleras de los portales. Una señora le puso una manta y allí se echaba. Un noche un coche atravesó la calle principal a toda velocidad. No era habitual en la zona. A la mañana siguiente amaneció muerto sobre la calzada. Los niños lloraron y durante semanas dejaron de reír. Las alegrías duran poco. Así lo descubrieron.

9.12.05

Una larga ausencia

Una larga ausencia. Lo sé. El médico me obligó. Pero he vuelto. Esta misma mañana he salido de la clínica de desintoxicación con un diploma y tres gramos de cocaína en el tacón de mi bota. He sacudido el polvo del ala de mi sombrero y he regresado al bar. Todos seguían allí. Mis muchachos, intactos, contando las mismas historias. Cuando me han visto aparecer me han hecho hueco, donde antes me sentaba, y han seguido contando historias. Todo vuelve a ser lo mismo. El médico me dijo que era eso o morir. Accedí. La orden del juez me convenció definitivamente. Casi dos meses después, estoy curado. Eso dice el diploma. Me dejaron salir y los guardias me dijeron hasta pronto. Pero yo sé que no será así. No me volverán a ver por allí. Uno de los muchachos tiene cosido un navajazo en un costado. Lo sé porque le he visto los puntos cuando se ha estirado bostezando. Pero no pregunto. Esa historia ya la debió contar cuando yo no estaba. Ahora están contando otras. No es momento para volver al pasado.

1.12.05

Aquella mujer

Era una mujer capaz de matarte con una mirada de reojo. Aquello hacía que cada vez que la veíamos pasar nos cuadrásemos como soldados primerizos. Los muchachos y yo bebíamos vino en el bar y murmurábamos contra los políticos que nos habían metido en aquella guerra. Cuando daban las dos, salíamos a la calle a esperar. Ella acababa la jornada de mañana en la peluquería y desfilaba ante nosotros, cuadrados en fila, al borde de la acera. Alguno de los muchachos le silbó alguna vez, pero nunca se giró. Un día que no la fui buscando tropecé con ella. Acaricié el ala de mi sombrero con el índice y el pulgar y le dije: perdone, señorita. Me miró y siguió su camino. Los muchachos nunca creyeron mi historia.

29.11.05

Nunca con nosotros

Cuando quise avisar al camarero ya había muerto el hombre en la mesa del fondo. Un hueso de pollo, debió ser. La verdad es que no quise preguntar. Terminé de comerme las ostras a las que me invitó el dueño y me marché. El calor apretaba como aprietan las corbatas en los trajes de funeral. Así que me metí en el bar de siempre y pedí una cerveza. El barman me conocía ya. Nos pusimos a hablar y me contó la historia de un cuñado suyo al que había tocado la lotería y tenía grandes planes hechos para invertir el dinero. Pero aquella mañana lo atropelló un autobús con un ramo de flores en la mano. La vida se ríe, me dijo. Y nunca es con nosotros.

23.11.05

Morgan Salucci

Aquel niño había crecido en el barrio respondiendo a todo: yo que sé. Daba igual que le dijesen. El siempre respondía: yo que sé. Así creció sin que nadie le hiciese preguntas. La gente del barrio se había cansado de preguntarle porque nunca encontraban respuesta. Aquel niño era el hombre que ahora veía al fondo del restaurante, con dos pistoleros vigilando la entrada y otros dos cubriendo la puerta trasera y el cuarto de baño. Era el jefe de la mafia local. Una mañana aparecieron muertos cinco hombres. La prensa hablaba de un ajuste de cuentas mientras la policía cerraba la boca. Al otro lado de los cristales del bar vi la escena. Cuando el comisario le preguntó a Morgan Salucci, él respondió: yo que sé. No hay más preguntas, señoría.

22.11.05

Billy

Ya se había montado el lío de nuevo. A Billy el niño no podíamos darle dos cervezas. Se le soltaba la lengua y empezaba a decir barbaridades a las mujeres del bar. Los novios saltaban sobre Billy y enseguida nosotros sobre ellos. Ya estaba el lío montado. Pero Billy era como nuestro hermano pequeño. Y por un hermano pequeño se saltaba encima del más feo y gordo de todos los tipos. Por eso aquella noche de nuevo se montó el lío. Y por eso acabamos todos sentados en la acera fuera del bar con la cara magullada y riéndonos a carcajadas mientras Billy vomitaba apoyado en un muro.

21.11.05

Luigi

En el escaparate de la panadería de Luigi había un cartel que decía cerrado por vacaciones. Pero todos los niños del barrio sabían que era por defunción. Nos dio galletas calientes del horno mientras crecíamos a pesar de la rudeza de aquellos muros y aquel suelo. En sus manos la normalidad eran trozos de bollos esponjosos e historias que acababan bien. Fue lo más parecido a un padre que tuvimos muchos de nosotros mientras nos hacíamos los hombres que jamás quisimos llegar a ser. Aquel día el barrio estaba nublado. Los niños decían que Luigi estaba de vacaciones. Aunque habían visto salir su cuerpo muerto del edificio camino del depósito.

16.11.05

Canciones de amor

No me gustan las canciones de amor. Ésa es la única herencia que me dejó mi padre. Pero es de lo que más orgulloso estoy. Ahora a los muchachos tampoco les gustan. Yo se lo he contado. Lo entendieron. Cada vez que en el bar suena una, el camarero sabe que tiene que cambiar de emisora. A él no le convence del todo. Dice que el romanticismo es lo que su madre le legó. Por eso no le reprochamos nada. Pero los muchachos y yo sabemos que mi viejo tenía razón. Las canciones de amor son propaganda del Gobierno. Están hechas para que te cases, tengas un montón de hijos y pagues impuestos. No pienso pasar por ese aro.

15.11.05

El barman

Yo prefería un destornillador, por el golpe de vodka a la garganta, porque me despertaba aunque estuviese ya despierto. Pero el barman esa noche estaba cabreado persiguiendo una rubia al fondo de la sala, y me puso un dry martini que ni tenía ginebra y sabía a rayos. Me lo bebí, por supuesto. Jamás desperdicié una copa. Después de cuatro olvidé qué había pedido. Desperté aferrado a un taburete contando historias pasadas al camarero, que sonreía con la bragueta bajada y manchas de carmín en la camisa mientras me preparaba un bloody mary.

14.11.05

Un niño del barrio

Aquel dry martini ni estaba frío ni era martini, pero andaba ya tan borracho que hubiera aceptado cualquier banco como mi colchón. La verdad es que la chaqueta me sentaba bien. Lo dijeron los muchachos, que siempre quisieron creer en algo. Si uno sale, a todos nos irá bien. Eso pensaban. Al final volvíamos al bar de siempre para discutir las historias de nunca. La rueda del camión le pasó por encima a la altura del abdomen. Le salió sangre por la boca como una fuente. Una señora se desmayó. Uno de los muchachos nos mantenía informados de todo lo que pasaba por el barrio. Le llamábamos reportero. Aquella mañana un furgón de reparto de leche atropelló a uno de los niños de la calle. Nadie reclamó el cadáver. Cuando amaneció los muchachos y yo fuimos al entierro. No importaba lo borrachos que estuviésemos. Un niño del barrio jamás debe marcharse solo. Por eso me puse mi mejor chaqueta esa mañana. Por eso más que nunca los muchachos necesitaban creer.

12.11.05

La huida

El coche me dejó tirado a medio camino entre aquí y ninguna parte. De nuevo estaba donde quería no estar. La melodía de la radio alegró la tarde. Ni lo descolgué. El coche perdía aceite. Lo dijo un mecánico que viajaba en un camión. Los vi marcharse al fondo de la carretera. Allí andaba yo de nuevo esquivando sombras. Por un momento hubiera dado un brazo por tener allí a los muchachos y una caja de cerveza. Todo parecía tan oscuro que decidí dormir. La huida siempre es más dura que cuando se planea. Poco a poco.

11.11.05

La calle cuarta

Coloqué la pistola en el cinturón como había aprendido a hacer desde que cumplí los siete. A un lado. Siempre en un lateral. Si la colocas detrás o delante se nota el bulto. Cualquier niño del barrio lo sabía. Así lo hice. Al lado izquierdo, porque soy diestro. Antes la cargué. Seis balas sin destinatario pero con una amplia agenda de direcciones. Estaba dispuesto a que pasase cualquier cosa. Nadie mata a uno de los míos. Nadie toca el barrio. Porque cuando alguien toca a alguien del barrio las heridas familiares se abren. El resto de los muchachos y yo salimos hacia la calle cuarta. Allí encontraríamos la verdad. La realidad es que me temblaban las piernas. Ahora sé que las armas las dispara el miedo.

10.11.05

Una sonrisa

A veces, sin motivos, uno de los muchachos sonreía. Aquel siempre era un gran día. De repente, sin avisar, sin nada por lo que hacerlo, desplegaba una enorme sonrisa. Y todos comenzábamos a reírnos como un coro desafinado y ruidoso. Nuestra risa llenaba el local donde estuviésemos. No hacía falta siquiera hablar. Nos mirábamos a los ojos y reíamos. Cualquier día podía ocurrir una cosa así. Aunque esos días eran poco frecuentes. Casi nunca sucedían porque nunca había motivos para reír. Pero de vez en cuando uno de los muchachos se atrevía a desafiar a la realidad con una sonrisa. Y todos lo celebrábamos riendo con él. Aunque sabíamos que eso no cambiaría nada.

Nochevieja, 1985

La nochevieja de 1985 había sido la mejor del barrio. Todos se habían echado a la calle para celebrar la llegada del nuevo año. Los hombres descorchaban botellas de vino mientras sus mujeres compartían bailes con los vecinos. Los niños corrían de lado a lado, entre el confeti, en mitad de una batalla campal de corchos de botella. Los muchachos y yo contemplábamos la escena entre abrazos. Aquel era nuestro barrio. Aquella era nuestra gente. Aquello era lo más cerca que nunca estuvimos de la felicidad. El amanecer rompió el hechizo, pero a nadie le importó entonces.

8.11.05

El vecino del cuarto

Aquel día no era yo quien había gritado mientras dormía. A la mañana siguiente todos me preguntaron, pero no era yo. Nadie supo quién había dado aquel alarido. Pensaron que era yo porque solía ser la hora a la que volvía a casa. Me despedía de los muchachos tras fumarnos un cigarrillo en las escalerillas y después me largaba. A veces chillábamos. Era una forma de dejar escapar el miedo. Algo así como una ducha antes de entrar en el territorio virgen del propio hogar. El único lugar en el que puedes estar a salvo. Eso pensábamos. Así lo veíamos. Dos semanas después, un nuevo alarido nos despertó. A la mañana siguiente supimos que Freddy, el vecino del cuarto, había acuchillado a su mujer, Susan. Entonces comprendimos que jamás encontraríamos un sitio seguro.

¿Dónde estás?

Su padre se había marchado cuando él cumplió los trece. Desde entonces recibía una postal al año, un regalo envuelto cada fin de curso y una llamada telefónica que su madre no le pasaba cada cumpleaños. Nos abandonó para que muriésemos, decía su madre, cada vez que el calendario señalaba 16 de marzo. Hace ya catorce años de aquello. Su padre le contó en una carta que no pudo resistir la tristeza de un matrimonio roto. Lo hice por vosotros, le explicó, entre sollozos, en la primera llamada que pudo coger, porque su madre no estaba en casa cuando cumplió los veinticuatro. Habían pasado once años. ¿Dónde estás?, nos dijo después, en el bar, con el abrazo de los muchachos aliviando el frío familiar, que le había preguntado. No importa hijo. Puedes decir que estoy muerto.