12.10.10
Compra el periódico, chico
Ven, chico, le llamó. El niño dudó. Sí, tú, chico, ven aquí. Volvió a dudar mirando a los lados, buscando otro chico que respondiese. Pero no había más. Chico, ¿a qué esperas? ¿no querrás que vaya yo, verdad. Estaba nervioso. El resto de los muchachos y yo le mirábamos, con los ojos tiritando de impaciencia y una mueca apagada. Al final se acercó, indeciso, con las manos en los bolsillos y mirándose las rodillas a cada paso. Cuando llegó le tendió una moneda. Ve al quisco, chico, y compra el periódico. Hazlo rápido y podrás quedarte lo que sobra. Vamos, ve, ya estás tardando. El niño se giró y echó a correr, ya con las manos fuera, la derecha apretado aquella moneda, sin mirarse la zancada. Mientras esperaba se agitaba. ¿Dónde se ha metido ese maldito chico? Ya le pillaré, decía. Pero aún podíamos ver su espalda corriendo hacia el quisco. Volvió, también a la carrera, con el periódico entre las manos. No le dio tiempo a llegar. Se abalanzó con tres pasos kilométricos y lo cogió a mitad de camino. Le quitó el periódico de las manos y le dijo: ahora, chico, vete a jugar, vuelve a lo tuyo, vamos. Allí, a varios metros de nosotros, lo abrió y empezó a pasar las páginas, con ansiedad, con torpeza. Nosotros esperábamos sujetando aún la mueca, con los ojos aún más abiertos, algunos dándole la espalda a todo aquello. Terminó de recorrer las páginas y sus hombros se hundieron. Sus rodillas dejaron de ser palos. Sus manos soltaron el diario. Entonces nos miró. Aún entre el susto y la realidad. Y nosotros reímos. Era una vieja broma. Contarle a uno de los muchachos que aquello que había hecho salía en el periódico. Ya nadie se lo creía. Salvo él.
6.10.10
Aquella mujer; la misma historia
Allí estaba, de nuevo, contando aquella historia. Todos sus detalles. Cómo había amanecido nublado aquel día; cómo olía a pan recién hecho en aquella tienda; cómo atravesó el coche oscuro la calle; cómo corrían los niños de regreso del colegio. Los muchachos escuchaban, atentos. Les expliqué de dónde surgió aquella mujer. Cómo sus tacones golpeaban el suelo y marcaban un ritmo que jamás había escuchado. Cómo aleteaban los pliegues de su falda y cómo el sol que se asomaba entre las nubes marcaba la sombra de sus piernas. También les hablé de la blusa roja, del botón desaprovechado, de aquel cuello surcado por aquella vena que baja por el mapa del cuerpo prometiendo una última estación en la tierra prometida. Y cómo aquellos labios se movían al ritmo de los tacones, entreabiertos, pintados de un rojo intenso. Los muchachos asentían. Me habían escuchado mil veces relatando aquel día pero aún sonaba todo nuevo. También para mí. Cada vez que lo contaba no podía evitar el cosquilleo, la excitación. Y les dije, también, que en aquellos ojos profundos hallé la mirada más triste que jamás había visto. Un baúl de secretos encerrados. La habitación de los fantasmas. Una realidad que no hubiera querido conocer. Sí, me miró, terminaba la historia. Pero temblando de miedo, les confesé, no pude más que tocar el ala de mi sombrero y apretar el paso. No volví a encontrarme con aquella mujer. La historia sigue siendo ésta.
1.10.10
El último trago
Y a mí qué carajo me importaba cuánta heroína pudiese fumar aquel señor. Yo sabía que cada vez que subía allí y se vestía de sombra y humo, todo lo que tenía dentro lo soltaba. Jamás abrió los ojos. Apretaba los labios sobre la boquilla de aquel saxofón, por encima de la pajarita, y soplaba hasta que licuaba el alma al otro lado del instrumento. Menudo hijo de la gran puta. Los muchachos y yo lo observábamos con los ojos y con un vaso de whisky en las manos, como debe ser. Y dejábamos que aquellos graves nos meciesen. Y que aquellas cimas de agudos intensos y disparatados nos preocupasen. Aquello era una paliza para los sentidos. Una alarma de incendios en una habitación sin ventanas. El llanto de una mujer que ahora sí no llora por ninguna tontería. Aquel hombre lo contaba todo sin abrir jamás la boca. Ni una palabra. Ni siquiera cuando se sentaba al final de la función en aquel rincón. La camarera le llevaba su bebida y él bebía. Nadie le podía molestar. Dicen que estuvo siempre tan drogado que no hubiera entendido su mismo idioma. Una noche nos quedamos hasta que salió la camarera. Entonces la asaltamos en la puerta y se lo preguntamos. Ella nos lo contó. Sin haberle visto los ojos nunca, siempre respondía: gracias, hija, este puede ser el último trago.
31.8.10
Mátame
Mátame. El próximo día, hazlo. Antes de que abra los ojos. No dejes que vuelva a suceder. Atrapa mi cuello con tus manos y no lo sueltes hasta que deje de agitarme. Trata de calmarme al mismo tiempo. Susurra a mi oído junto a la almohada húmeda. No protestes. Sólo hazlo. No lo dudes. Si vuelvo a chillar así durante la noche no esperes que despierte. No me preguntes. No trates de tranquilizarme. No me digas que no pasa nada. Olvídate. Antes de que pueda despertar, mátame. Está en tus manos. Elije tú cómo lo haces. No pondré objeciones. No podré. Sólo hazlo. No importa la hora. No te preocupes por lo que pase después. Actúa. Si chillo durante la noche no me preguntes por qué lo hago. La única forma que dejaré de chillar será si no respiro. Esa es la solución, chica. No te puedo dar más explicaciones. No entenderías porque grito en mitad de un sueño. No comprenderías porque no salgo de algunas pesadillas. No intentes entenderlo. No preguntes a los muchachos. Tampoco ellos te dirán nada. Si chillo, mátame. Hazlo antes de que abra los ojos. Para que no pueda mirarte a los tuyos. Si no, no te quejes porque no te dejo dormir. Ya sabes donde está la puerta.
26.8.10
Maldito perro hogar
Hubiera preferido no volver. Imagino que no tengo nada que decir. O que lo que puedo decir es mejor no decirlo. O que mejor me gustaría inventarme algo que decir. La realidad es puñetera. La verdad es como un análisis de sangre. No engaño al doctor con los resultados delante igual que no me engaño a mí mismo. Sólo los muchachos hacían la vista gorda. Como yo la hacía con ellos. Conocíamos policías en otros barrios que miraban el cielo azul buscando nubes cuando un camión se acercaba a esquina. Vigilantes a los que le saltaba la alarma de la vejiga cuando algunos tipos se acercaban con las manos en los bolsillos. Nosotros éramos igual. Sí, pero sabíamos que nos acobardábamos. Preferíamos hacerlo a insistirle a uno de los muchachos tantas veces que abriese los ojos. Aquello no cambiaba nada. Nadie mentía después. Todos sabían que el doctor seguía ahí, al otro lado, con las gafas asomadas a las nariz y voz de malas noticias. Simplemente nos dábamos respiros. No siempre necesita uno que le digan que está perdido para saber que está perdido. Sinceramente, hubiera preferido no volver. Haciéndolo me he vuelto a dar cuenta de que estoy perdido. No ha hecho falta esta vez que me lo dijese nadie. Bienvenido, dice mi felpudo. Maldito perro hogar.
22.7.10
Hasta la vista
Está todo dispuesto. Será mañana al amanecer. La bolsa con las camisas. El sombrero. El tabaco. Serán unos días. Quizá alguna semana. La verdad es que no sé cuándo regresaré. Mejor no me preguntes. Quizá vaya solo. Uno de los muchachos quiere acompañarme. Cuando amanezca lo decidiré. Hay lugares a los que es mejor no llevar compañía. Hay fantasmas que no se asustan de las conversaciones. Me iré. Volveré, en algún momento. Los muchachos lo saben. Dijeron adiós ladeando la cabeza. Hasta la vista, socio. Y poco más. Mañana al amanecer emprenderé viaje. Sé dónde. No sé por dónde. Lo necesito. Eso también lo sé. Escapar de estas paredes. Horas, quizá. Los falsos consuelos también consuelan. Se aprende rápido. Lo malo será el regreso. Siempre lo mismo. No podrás besarme porque no voy a despedirme. Simplemente me marcharé cuando amanezca. Hasta la vista.
12.7.10
Un beso
Vamos, acércate. Ya lo has hecho otras veces. Ésta no es diferente. No mires hacia atrás. Nadie vendrá a rescatarte ahora. No quieres que eso suceda. A los lados no sucede nada. Olvida toda esa gente. Tú y yo. Vamos, acércate. Si lo haces sabes que soy capaz de todo. Lo mataré, si me lo pides. Quizá me quede. Esta noche seguro. No me preguntes por mañana. No existe nada más que los tres pasos que nos separan. El tiempo ahora es distancia sólo física. Rompe la frontera. Vamos, acércate. Mírame como yo te estoy mirando. Son tus ojos los que lo dicen. Por mucho que niegue tu cabeza. Estás aquí. Podías estar muy lejos de mí. No quisiste hacerlo. No hay excusas. Se acabaron las palabras. Ya no. Los dos lo sabemos. Ahora sólo son tres pasos y pondremos el punto y final a todo esto. Olvida lo de alrededor. Nadie nos mira. No existimos. Estamos solos tú yo por mucho que suene la música de la orquesta. Nadie baila. Vamos, acércate. Dime que no quieres hacerlo y te dejaré marchar. No intentaré detenerte. Ni siquiera te sostengo la mano. No tienes barreras detrás. Delante sólo tres pasos. Vamos. No me digas que no. Tus labios dicen que sí. Tiemblan. Veo tus dientes entre ellos. Vamos, acércate. Son sólo tres pasos. Cuando nos hayamos besado, dejarás de rezar. No habrá nada más en lo que puedas creer. Vamos, sólo tres pasos, tu y yo, olvida la gente, dame la mano, acércate. Vamos, bésame.
5.7.10
Un buen viaje
Cada uno de los muchachos sabía cómo escapar. Para eso no necesitaban a nadie. Siempre había algún conocido que en un rincón de otro barrio te daba en un apretón de manos un billete en otra dirección. Después cada uno buscaba el lugar donde coger aquellos trenes. Algunos al fondo del bar, sentados en la oscuridad, con la cabeza entre las manos. Otros en su colchón, con las luces apagadas, aunque la ciudad aullase al otro lado de la ventana. Muchos entre nosotros, rodeados por el resto, con los ojos abiertos, la boca torcida y la boca tan seca que ni hablaban. Nadie avisaba. Pero todos sabíamos dónde estaba cada uno y en qué dirección había ido. No preguntábamos. Había noches en la que teníamos suficiente con sostenernos de pie y otras que queríamos correr lejos de nosotros mismos. Hay veces que quieres pelear contra tu propio mundo. Estás dispuesto a batirte. A ganar. A masticar la noche y abrir los ojos con el sol, al salir, con los puños en alto. Para espantar la desesperación con golpes de luz. Otras veces este mundo se quedaba pequeño y lo que se quería era no pisarlo. Entonces desaparecía uno de los muchachos y aparecía dos días después, más flaco, pálido, con los ojos agrietados y húmedos. No lo había conseguido. Claro. Nunca se conseguía. Aquellos viajes duraban apenas horas. Nunca lo suficiente. Pero los muchachos seguían intentándolo.
28.6.10
Olvidad que fuisteis felices
Lo fuimos. Sí. No hace tanto tiempo. Ahí fuera, como ellos. Ahora los miras. El futuro era mañana. El pasado diez minutos atrás. Los relojes los llevaban tus padres cortándoles la circulación de las muñecas. Después supimos que no fue la única parte del cuerpo. Ahí estábamos. En la calle. Siempre en la calle. Buscando los rincones donde las calles dejan de ser calles. La oscuridad que te esconde. La protección frente a las madres que se asomaban a las ventanas para chillarnos. Lo fuimos. No pasó tanto tiempo. Aquella sí era vida. Los muchachos, a veces, lo recordaban. Absurdo, les decía, dejaros atrapar por el fantasma de los recuerdos. Atados a ellos no avanzaréis. La gente que recuerda no tiene mañana. Pero no les importaba. Cada vez que algún niño jugaba ahí fuera salían al umbral y lo veían. ¿Recuerdas?, se decían unos a otros. En aquella época nada nos asustaba que fuese real. Ahora todo lo que de verdad nos asusta sabemos que es real. No lo penséis, dejadlo, no tiene sentido. Perdéis el tiempo recordando. Soltad lastre. Olvidaos ya que fuisteis sólo niños, ni siquiera hombres. Olvidaos de que este mundo no siempre fue una amenaza. Olvidaos de que fuisteis felices.
22.6.10
Haz girar la botella
Ya está. Hasta aquí hemos llegado. El final del camino. El último lingotazo a la botella vacía antes de ponerla sobre el camino y hacerla girar. Donde señale. Allí será. Así lo haremos. Y no volver a mirar atrás. Lo vimos. Lo sabíamos. Lo practicamos. Una encrucijada. Ninguna decisión acertada. Todos los fantasmas aguardando a nuestras espaldas. Y esa humedad en las vértebras cuando sabes que algo saldrá mal y no te importa. Tú y nosotros. Nada más. Nadie más. No esperaremos. Aquí termina todo. Decide. Tú o nosotros. Elige las armas. Estira la mano. Aférrate mientras puedas. Termina la botella. El último trago. Dámela. Así. ¿Lo ves? No preguntes. La haremos girar. Donde señale iremos. No preguntaremos. Es la mejor decisión que podíamos haber tomado. ¿Volver? Sabes que no.
21.6.10
En su habitación
Se encerraba en su habitación para soñar. Y no necesitaba más. Con la radio sonando atronadora y tapando las voces al otro lado. Así, haces bien, muchacha, no puedes escuchar a tu padre. Las fauces húmedas al otro lado del cristal. Las fotos de sus héroes en la pared. Correr a casa cada día. Apagar las luces. Buscar otro mundo dentro de éste. Algo, siempre, brillará en un rincón. Lo sabía. Por eso apenas salía de su refugio. Su guarida. El único lugar en el que podía huir por unas horas. La única estación para desaparecer. El único consuelo para una salvación que, en cualquier momento de la noche, desaparecía cuando aquel tipo abría la puerta. Entonces llegaba la tormenta. Déjalo, chica, no llores más. Déjalo ya. Rompe los muros. Olvida tu habitación. Tendrás que correr más.
14.6.10
Entonces, sólo entonces, sopla
Se filtraba el calor por la ventana. Lenguas de fuego en mitad de la noche. Verano en la maldita ciudad. Y la cama sudando conmigo encima y yo girando. Los ojos abiertos como bolas blancas de billar. La almohada aplastada, a un lado, vencida en la batalla. No puedo dormir. Tampoco ayuda el alcohol de más con los muchachos. Si mis pulmones no quieren respirar que no lo hagan. Al menos que me dejen dormir. Si se para el corazón, que lo haga mientras duermo. No quiero que nadie descubra mi cadáver con los ojos abiertos y el pánico al fondo a la derecha en las pupilas. Otra noche igual. Otra vuelta. La misma habitación. Y tratar de no pensar. Y cerrar los ojos para convencer al cuerpo. Pero las piernas se agitan. Y la memoria se activa y se empeña en recordar todo aquello que quieres olvidar. Como aquel tipo, sin dedos en la mano derecha, levantando su muñón entre los harapos. Como aquella vez, el día antes de morir en aquella escalinata, congelado en mitad del invierno. Como aquel grito que me dio cuando era un niño. Se paró delante. Me señaló con su mano sin dedos. Y chillo: “Cuando el mundo sólo sea ceniza, entonces sopla”.
8.6.10
Todo había pasado ayer mismo
Hay historias que se repiten. Otras que nunca terminan. Lo mismo. Un círculo. Una línea recta. Nunca un final. Como la del aquel tipo, ya sabes, aquella que repetían los muchachos en el bar entre cervezas. Y cómo había salido de allí aquella noche con los pantalones solo y los zapatos en la mano y había regresado, años después, para morir de aquella manera, descalzo. Contaron su historia durante años imaginando dónde se había ocultado aquel tiempo. Nadie supo nada. Nadie se atrevió a preguntar. Ni la policía, cuando entró aquella madrugada en su casa, hizo preguntas. Se había marchado. Ya está. Ya volverá. O la de aquella muchacha, que huyó otra noche, todo pasa siempre de noche, persiguiendo algo que había soñado. Dejó en casa a su marido y a sus dos hijos, se subió en un coche y escribió una carta, desde algún lugar al norte, explicando que se había ido. Los muchachos la recordaban. Todos decían haber leído aquella carta. Ninguno lo había hecho. Pasaron los años y un día, en el mismo bar, entró un grupo de chavales para tomar una cerveza. Los habíamos visto crecer en aquellas calles. Apenas niños dejando de serlo. Nos conocían. Nos miraron, asentimos y entonces pidieron sus bebidas al camarero. Reímos y seguimos a lo nuestro. Pero de fondo, aquel día, cuando aquellos chavales se habían relajado ya tras haber cruzado aquella puerta, pude escuchar que contaban la historia de aquel tipo que había salido a la carrera con los zapatos en la mano. Y la de la mujer que una noche, tras hacer la maleta en silencio durante el día y esconderla bajo la cama durante la cena, había despertado en mitad de la noche para subirse a un coche. Nada había cambiado. Todo había pasado ayer mismo.
6.6.10
Ella no regresó
Cuando regresó no era la misma. Apenas hablaba y bajaba la cabeza pegando la barbilla al pecho. Dos palabras y después se apresuraba a marcharse. Siempre buscaba la salida libre. El hueco por el que escabullirse. Ella, que hablaba a borbotones. Ella, que contaba las mejores historias. Ella, que lo sabía todo. Pocas mujeres había allí con las que tuviésemos una confianza así. Eran sólo palabras. Era nuestra aliada. Jamás ninguno de los muchachos pensó en llevársela a la cama. Sabíamos que ella no. Era diferente. Era la excepción. Ella nos ayudaba. Nos alertaba. Nos contaba todo aquello que sólo ella podía. Recorría las calles hablando con todos. No había nadie así. Ahora regresaba, con la mirada perdida y las manos cruzadas. La saludamos y nos devolvió el saludo, mirándonos furtivamente sin llegar a conocernos. Su padre la llevaba agarrada del brazo por el codo. Vamos a casa, hija, allí estarás bien, lejos de ellos. Él, su padre, fue quien la quiso llevar a aquel hospital. Hoy le habían dado el alta. Hoy volvía a casa. Pero ella no en realidad no regresó.
1.6.10
Olía flores y buscaba el muerto
Ya se estropeará. Ya se torcerá. Ya se hundirá. Aquel tipo era así. No importaba lo que sucediese o de qué se hablase. Siempre respondía lo mismo. Aquel hombre olía flores y enseguida buscaba el muerto alrededor. Lo conocíamos y sabíamos que nunca era agradable hablar con él. Pero le dejábamos acercarse. Llegaba con pies plomizos, arrastrando las suelas, y las manos en los bolsillos. La mirada clavada en las baldosas. Se unía a nuestro grupo con un leve movimiento de barbilla. Los ojos grises. El pelo a un lado, más ayer que mañana. El traje oscuro. No hablaba. Sólo escuchaba. Si los muchachos contaban la historia de una chica sonreía. Ya aprenderéis, les decía; cosa de los años, añadía. Los besos dejarán de ser besos y serán mordiscos. Si recordaban una buena pelea, de esas que se ganan cuando está todo perdido, les recordaba que llegaría el día en que estuviese todo ganado y se perdería. Y así siempre. Y así cada vez que se acercaba, con aquellos sobres lacrados de malas noticias en los bolsillos. Es angustioso, decían los muchachos, tener cerca a un carroñero diciendo que todo, siempre, lo quieras o no, terminará yendo mal. Hay cosas que sabes pero prefieres no recordar. Aquel tipo se empeñaba en hacerlo. Sentimos siempre lástima por él. Nunca se lo dijimos. Ayer murió. Le llevamos flores al velatorio. Tenía razón, el maldito: no importa dónde te escondas, ella te encontrará.
26.5.10
Y nadie le dijo nada
Llevaba un rato ya mascullando. Chillando a veces. Increpando alrededor. Molestando. Intentábamos no hacer caso. Estará borracho, dijimos. Estará loco, pensamos. En la mesa del fondo un hombre bebía solo, con la cara agazapada entre las manos. Sólo en la penumbra. Su penumbra. Aquel otro tipo seguía hablando en voz alta, lamentándose y lanzando palabras alrededor. Las mujeres están mejor todas muertas, dijo, de repente, cuando pasó frente a él una muchacha. Y el hombre del fondo, ni lo vimos, como un maldito rayo, saltó a su mesa y lo derribó. Clavó las rodillas sobre su pecho en el suelo y le agarro el cuello con ambas manos. Intentamos quitarlo de allí, pero aquel tipo no reaccionaba. No lo soltó hasta que dejó de respirar. No pudimos soltarlo. No supimos hacerlo. Tal vez no quisimos. Esta mañana ha muerto mi mujer, nos dijo, mientras se levantaba. Estaba en calma. Los ojos vidriosos. Las manos temblando del esfuerzo. Se acercó a su mesa, recogió su chaqueta del respaldo de la silla y se marchó, andando despacio, my despacio, por aquel bar silencioso. Con los hombros y la cara caídos. Y nadie le dijo nada.
23.5.10
No soy exigente
Lo repetía. Exactamente igual. El mismo tono. La misma seguridad. La misma sencillez. Todo igual. Los muchachos aplaudían. Una imitación genial, decían. De vez en cuando, en el bar, después de unas cuantas cervezas, alguno me pedía que lo dijese. Yo dejaba mi silla, me levantaba y caminando hacia la puerta pronunciaba aquellas palabras. Todos reían. Con eso bastaba. Después trataban de repetirlo. Ya no era lo mismo. Lo ensayé, frente al espejo, muchas noches, solo, cuando la luz no existe y los fantasmas habitan las sombras. Una y otra vez. Pero no era una imitación. No imitaba a nadie. Sólo repetía algo que desde que lo escuché había creído. No soy exigente. Me basta con una muchacha que tenga talento, sea bonita, muy cariñosa, amable, elegante, encantadora y libre. Los muchachos se quedaron con la pose. Yo con el mensaje.
18.5.10
Arde Valhalla
Mujer, ¿sabes? Soñé que ya llegaba.
Tenía miedo. No debería. Pero soñé que luchaba en un prado
Y que me atravesaba una espada
Y yo caía con los ojos en los nubes,
sin soltar mi empuñadora,
pero entonces tenía miedo.
Mujer, ¿sabes? No se lo cuentes a nadie
He pasado miedo y sólo ha sido un sueño.
He visto muchos hombres morir allí en los campos
y algunos juraría que tenían el miedo en los ojos.
Mujer, ¿sabes? Cualquier día, ya soy viejo, llegarán espadas más rápidas que la mía
y entonces seré yo quien se recueste en la hierba y mire al sol a los ojos.
Sé que los otros están allí. Ya cruzaron las puertas. Ya celebraron su banquete.
Sé que allí seremos felices porque nos lo prometieron.
Después de tantos años de guerra sólo nos queda ser felices.
Pero, ¿sabes, mujer? Ahora mientras dormía he despertado de golpe pensando
que todo aquello que creía no era más que un cuento de mercader,
otra historia traída del sur,
y que cuando me llegue el momento
encontraré las puertas del Valhalla cerradas y un cartel
que dirá que aquello nunca estuvo abierto.
¿Qué haré entonces, mujer? ¿Volver?
¿Sabes, mujer? Mejor no se lo cuentes a nadie.
Dejaremos que lo descubran ellos mismos.
Tenía miedo. No debería. Pero soñé que luchaba en un prado
Y que me atravesaba una espada
Y yo caía con los ojos en los nubes,
sin soltar mi empuñadora,
pero entonces tenía miedo.
Mujer, ¿sabes? No se lo cuentes a nadie
He pasado miedo y sólo ha sido un sueño.
He visto muchos hombres morir allí en los campos
y algunos juraría que tenían el miedo en los ojos.
Mujer, ¿sabes? Cualquier día, ya soy viejo, llegarán espadas más rápidas que la mía
y entonces seré yo quien se recueste en la hierba y mire al sol a los ojos.
Sé que los otros están allí. Ya cruzaron las puertas. Ya celebraron su banquete.
Sé que allí seremos felices porque nos lo prometieron.
Después de tantos años de guerra sólo nos queda ser felices.
Pero, ¿sabes, mujer? Ahora mientras dormía he despertado de golpe pensando
que todo aquello que creía no era más que un cuento de mercader,
otra historia traída del sur,
y que cuando me llegue el momento
encontraré las puertas del Valhalla cerradas y un cartel
que dirá que aquello nunca estuvo abierto.
¿Qué haré entonces, mujer? ¿Volver?
¿Sabes, mujer? Mejor no se lo cuentes a nadie.
Dejaremos que lo descubran ellos mismos.
10.5.10
Yo no moriré
Tumbado boca arriba. Quieto. Las piernas estiradas. Cada vez me muevo menos en la cama. Cuando duermo, claro. Los muchachos se reían cuando se lo contaba. Como un muerto. Con los brazos sobre el colchón pegados al cuerpo. Incapaz, no sé por qué, de posarlos sobre el pecho, cruzados. Incapaz de reposar las manos sobre el tronco. Siento el corazón latir bajo las palmas y el cuerpo me devuelve escalofríos. Mi cabeza se lanza a pensar. ¿Y si se para? ¿Y si deja de latir? Siempre lo mismo. Cualquier latido en mis manos me obliga a retirarlas. No quiero sentir mi propio corazón. Cuántos latidos son normales. Cómo deben ser. Qué intensidad. Qué fuerza. El día que el motor se ralentice sé que la función habrá terminado. Prefiero no pensar en ello. No podría. A los muchachos no se lo digo, pero tengo un miedo atroz a que me visite esa dama de negro con la que no quiero bailar. Me despierto en mitad de la noche pensando en ella. Hoy aquí y mañana nada. Y así todos. Prefiero reírme de la muerte con los muchachos en el bar. Aunque por la noche llore en casa. Y nunca sentir mi corazón latiendo en las manos. Dormir como un muerto. Tiene gracia, maldita sea. Como si me estuviese entrenando para una carrera en la que no quiero participar.
6.5.10
¿Estabas allí?
¿Estabas allí? ¿De verdad? ¿Me viste? Aquel sitio no era para mí. Ya me conoces. Podías haberme dicho algo. No te vi. Prometo que no te vi. Si no me hubiera acercado. No ha pasado tanto tiempo. Las heridas no están curadas. Pero al menos me hubiera acercado. Te hubiera preguntado qué tal estás, cómo marcha todo. Te hubiera dicho que espero que te vaya todo bien. No te voy a mentir. No sé si lo mereces. No hubiera dicho dicho eso. Pero sí que te vaya bien. Me conoces. Sabes que de verdad lo deseo. Pero no te vi. Si estabas allí y me viste no entiendo por qué no me dijiste nada. Debiste ocultarte para no verme. Esconderte. No estuve mucho tiempo. No estaba cómodo. Ya sabes cómo soy. Aquella gente, aquella música, aquel lugar. Todo aquello estaba muy lejos de mi mundo. Perdido. Tuve que ir y por eso fui. Ya lo viste. Por eso debiste haberme dicho algo. Ha pasado bastante tiempo. Aunque no lo creas. Aquello que pasó dolió, sí. Pero ya no existe. Yo lo dejé atrás. Todo lo dejé atrás. Ya te lo habrán contado. He preguntado por ti. Sé cómo te ha ido. Lo sé todo. También se aquello que pasó. Lo sentí. Juro que lo sentí. Pero también me contaron que lo superaste y que ahora estás bien. Te lo hubiera dicho si te hubieras cercado. ¿Estabas allí? No entiendo cómo pudiste pasar sin decirme nada. Yo no te vi. Hubiéramos hablado. Sabes que quiero que te vaya bien. Sabes que aún puedes contar conmigo. Aunque aquel día, después de aquel beso, en aquel lugar, te dijese adiós, sabes que puedes contar conmigo. Debiste haberme saludado. Sólo así se cierran algunas heridas. Te lo digo porque lo he vivido.
3.5.10
No éramos héroes
Capaz de todo. O casi todo. Nunca había hombres demasiado grandes ni demasiado fuertes. Nunca había mujeres inalcanzables. Nunca había nada contra lo que no pudiésemos hacer algo. Cualquiera de los muchachos podía silbar y sabía que allí nos tendría. Siempre dispuestos. Siempre a su lado. Así éramos. La muerte pasó muchas veces a nuestro lado rozándonos las faldas de los abrigos. Supimos esquivarla. Eso pensábamos. Nunca logrará abrazarnos. Esa mujer no. Reíamos en el bar convencidos de ello hasta que la noche nos engullía, a esa hora en la que el resto de los hombres sólo lloran. Éramos diferentes. Fuertes como barcos y únicos como nosotros. Nadie como nosotros, nos decíamos. Dispuestos a salir. Siempre listos para la acción. Apenas alguien tenía que llamarnos y allí estaríamos. Los muchachos y yo. Cualquiera que nos necesitase. Cualquier que quisiera encontrarnos allí nos tenía. No importaba para qué. Éramos capaces de todo. Nunca hubo nada imposible. Nada que nos asustase. Nada que pudiera acabar con nosotros. Por eso aquella madrugada no reímos. Alguno incluso lloró. No es fácil descubrir que uno no es el héroe que creía ser.
26.4.10
Vuelvo a las calles
He tardado en recuperarme. Las heridas físicas se curan pronto. Cicatrizan y punto. Después muestras las cicatrices. Son el cuaderno de bitácora de este viaje. La única conciencia que en ocasiones queda. Para algunos, su último reducto de moral. Para mí son un álbum de fotos. También para los muchachos. Una cicatriz es un libro. Sólo hay que saber leerlas. Pero las otras heridas no curan tan pronto. Lo sabíamos bien. Esas siguen sangrando por dentro. Aunque los huesos se suelden los nervios te dicen que no está todo bien. Sales entonces a la calle mirando a ambos lados. Nervioso. Temblando. Hasta que no te rodean los muchachos no estás en casa, no estás seguro. Temes las sombras de los objetos, la llegada de la noche, las palabras que se escuchan a lo lejos. Son heridas para las que no existe tratamiento. No hay puntos de sutura para cerrar ciertos cortes. A todos nos ha pasado. A todos nos pasa. Esas heridas nunca se cierran del todo. Cada cierto tiempo, sin previo aviso, vuelven a sangrar. Y un día cualquiera sales a la calle y corres para llegar donde están los tuyos. Corres empujado por todos sus fantasmas, que te persiguen e intentan no dejarte respirar. A mí me pasa. Después de aquello me rehice. Pensé que ya estaba. Sólo quedan algunos rastros en mi cuerpo. Nada que me vaya a matar. Vuelvo a las calles, me dije. Así he salido. Los muchachos se alegran de verme. Pero sus ojos dicen todo lo contrario. Me han visto llegar sin poder respirar. No puedo engañarlos.
21.4.10
No hay límites
¿Había un límite? Nunca nos lo dijeron. Por eso no queríamos parar. Lo peor que te pueden decir es que hay un punto a partir del cual no puedes seguir. Entonces no avanzas. Sabes que llegarás a un muro y chocarás. Sabes que aunque quieras no podrás continuar. Te bloquea y te rinde. Bajas el ritmo, la velocidad, te detienes. Y entonces desapareces. Así era siempre. Todo igual. A todos nos ponen esos límites desde que nacemos. En cada momento. Siempre hay alguien a quien le dijeron que esos límites existían que se empeñará en hacerte saber que esos límites siguen existiendo. Con nosotros fue igual. Durante mucho tiempo nos contaron que la barrera está ahí, esperando a que quisiéramos atravesarla. Ya lo comprobaréis, ya, nos decían altivos, seguros, resignados. Aprendimos que había límites. Hasta que aprendimos también que no debíamos escuchar a aquellas personas. Entonces descubrimos que al final del camino siempre hay más camino. Que el muro somos nosotros mismos. Que las fronteras eran un invento del Gobierno. Dejamos de escuchar y no paramos. Así seguimos. Sin aquellas personas no hubiéramos aprendido que realmente no existen esos límites. Por eso preferimos pensar que nunca nos lo dijeron.
15.4.10
Qué rápido era el maldito
Nunca me habían golpeado así. Ni lo vi venir. Todo era normal. Como siempre. Un baile de pies. Un cruce de ladridos. Medirnos las distancias. A veces todo quedaba ahí. Llega alguien y te aleja de aquello y al otro también. La nube se disipa. Aquella vez no. Bailamos. En círculos. Mis ojos sobre los suyos. Pasos lentos. Como astronautas en el espacio. Así deben sentirse. Los puños se abren y se cierran. Los antebrazos tensos. Respiras rápido. Te tiemblan ligeramente las piernas. Pero los pies se deslizan firmes. No sabes cómo empieza, no sabes cuándo acaba. Son señales. Siempre las hay. Te dicen que comenzará la función en pocos segundos o que al final no habrá espectáculo. Aquel día no. Allí estábamos, frente a frente. Y no lo vi venir. Fue un golpe directo al occipital derecho. Uno de esos que convierten tu cabeza en una coctelera. Tu cerebro es hielo picado. Caí al suelo. He despertado hoy. Una semana después. Disculpad el retraso. Vuelvo a la carga. El próximo día yo quedaré de pie. Qué rápido era el maldito.
31.3.10
Y se marchó
Nunca supimos bien por qué lo hizo. No había pasado nada antes. Nada diferente de lo que pasaba siempre. Sólo llegó y lo dijo y lo hizo. Y no preguntamos. No era asunto nuestro. Después de tantos años pensé que había llegado su momento. Con eso teníamos suficiente. No era la primera vez que sucedía. Aunque siempre pasaba algo antes que lo cambiaba todo. Podía ser una mujer, un juez. Podían ser muchas cosas. Aunque siempre era una mujer o un juez. En aquella ocasión no sabíamos que existiese ninguna mujer. Tampoco lo perseguía ningún juez. Pero no dio una explicación. Estábamos todos. Como cualquier otro día. Juntos. Hablando. Riendo. Como cualquier otro día. Una noche más. Y él con nosotros. Y él hablando y riendo con nosotros. Ninguno lo supimos antes. Lo comentamos cuando ya había pasado y nadie sabía nada. Tampoco lo intuimos. Pero así fue. Las cosas a veces suceden y no hay que buscarles explicación. Por eso sabemos que no nos la dio. Aquel día era un día normal. Otro más. Estábamos todos. Y entonces lo dijo: me marcho. Y lo hizo. Nunca supimos por qué. No había pasado nada antes.
27.3.10
Sacarte a bailar
He visto tu vestido azul surcar la sala. Llevo toda la noche mirándote. Sé que tú también a mí. Aunque te ocultes tras esas dos amigas. De reojo. Se han cruzado nuestras miradas y has bajado la vista. Pero ahí estaban tus ojos, frente a los míos. Menos de un segundo. Suficiente. Sabes que lo sé. Nos separa sólo esta enorme sala y un montón de gente. Unos metros. Diez pasos. Quizá más. Los muchachos me hablan pero no los escucho. Río o asiento. Nada más. No estoy atento a lo que dicen. Sigues allí, al otro lado, con las tuyas. Te miro. Yo no bajo la vista. Mantenla, vamos, mantenla. Hazlo. Que nuestros ojos se encuentren. Que me digan algo los tuyos. Vamos, una vez sólo. No hace falta nada más. Demuéstrame que sabes algo más aparte de que te estoy mirando. Mírame sin bajar la vista y cruzaré la sala para sacarte a bailar.
23.3.10
Adiós, relojes
Contaban los años por cadáveres; los inviernos por amores rotos. Cada cosa duraba lo que debía durar. Ni un minuto más. El tiempo era un concepto que se manejaba según cómo soplase el viento. No importaba. Era otro sistema de medición. Otra forma de entenderlo. Los muchachos olvidaron pronto que el pasado es un lugar en el que siempre te has dejado algo olvidado que no te quitas de la cabeza. Sólo así podían seguir. Sólo de aquella manera no pasaban los años, sino que no pasaba nada. Los relojes, lo sabíamos, son grilletes con agujas que se mueven. Un baile obligatorio para todos en el que sólo suena una canción y siempre es la misma. El tiempo es lo que queremos que sea. Nosotros pondremos el calendario y diremos que ha llegado la hora de hacer algo o no hacerlo. Nadie más. Sólo entonces, sabíamos, podremos mirar hacia atrás sin temor a ver que no hemos avanzado. Algunas veces es mejor quedarse quieto. Sólo hay que saber cuándo ha llegado ese momento.
18.3.10
Dame la mano
Dame la mano. No temas. Sólo dámela. Cierra los ojos si quieres. Estira el brazo y dame la mano. Así, con fuerza. Vamos, puedes hacerlo. Sé lo que sientes. Sólo hay oscuridad. He estado donde tú estás. También tuve a alguien enfrente. De verdad, sé lo que estás pensando. Lo he sentido. No es fácil. Miras abajo y sólo ves ese enorme agujero que te engulle y que sabes que te engullirá. No hay salida, lo sé. No las ves. No la encuentras. Nadie te dice que existe. Por eso se apaga la luz. Sé lo que sientes. Yo también lo pensé. Dame la mano. Hazlo. No lo pienses. Hazlo si quieres, pero no tiene otra opción. Ésta, sí, es tu última oportunidad. No tienes nada que perder. No tienes nada que temer. No hay nada más abajo. A partir de ahora habrá luz. Más oscuridad es imposible. Piénsalo si quieres. Pero no tardes. Estira el brazo. Dame la manos. Agárrate con fuerza. Trenza tus dedos con los míos. Esto es lo único que te queda. Dame la mano. Vamos. Así, bien, hazlo. Aprieta fuerte. Ya está. Ahora mírame a los ojos. Hazlo. No te dejaré caer.
13.3.10
La maleta es un bolsillo
En un puño cabía todo lo que necesitábamos en aquel momento. Todo lo que poseíamos. Todo lo que no llevábamos ya puesto. Así podíamos salir en cualquier momento sin dejar nada atrás. No os preocupéis, muchachos, por la maleta. Un bolsillo. Con eso basta. El tabaco, dos billetes y las llaves de nada. Y correr. Si te dejas atrapar por los objetos y las personas nunca serás libre. Lo aprendimos. Lo entendimos. Corta las sogas que te unen. Despídete de la familia. Que no te atrape esa chica. Y no poseas nada que no pudieras ver arder tranquilamente en un incendio desde la acera de enfrente. Si no estarás atado a los recuerdos y los presentes. No nos lo podemos permitir. No. Si queremos llegar donde necesitamos ir sólo podemos hacerlo sin anclas, habiendo soltado todos los lastres, sin grilletes en los tobillos. No es sencillo. Abre la mano y mira lo que cabe dentro. Más allá de ahí cualquier cosa que añadas te hará ir más despacio. Cuanto más tengas más tardarás en salir. Cuanto más tardes en salir significará que nunca lo harás. Ponte el sombrero. Guarda tu mundo en un bolsillo. Y entonces echa a correr.
10.3.10
A punto de rendirme
Estoy cansado. Harto de últimas oportunidades. Casi rendido. A punto de hacerlo. Cada día me alimento peor. No se despega el sabor a ginebra de la lengua. Son malos tiempos. Lo saben los muchachos. Épocas que se atragantan y te atraviesan y nada puedes hacer. Sólo resistir. Un día. Y otro. Pero agota. Date una nueva oportunidad, no te dejes caer, me digo. Difícil conseguirlo. Ni con su ánimo ni con su compañía alrededor se disipan estos malos augurios de que todo siempre puede ir peor. Lo sé. Lo saben. Y otra mañana igual. Y la misma noche. Y entre medias un largo día, otra estación vacía, otro giro a la llave equivocada. Estoy cansado. Es lo que hay. A punto de rendirme. No lo hagas, insisten los muchachos. Contigo caeríamos todos, suplican. Y lo sé. Y lo saben. Pero es lo que hay. Es una mala racha y punto. No le deis más vueltas. Mañana será otro día, quizá. Tarde o temprano volverá todo a ser igual. Eso es lo malo. A estas alturas, les digo, entre tragos, se trata de que no vuelva nada a ser lo mismo. Romper el círculo. Escapar. Y todos asienten. Pero ninguno sabemos cómo conseguirlo. Así seguimos. A punto de rendirnos. Aunque nunca lo haremos.
8.3.10
Yo quería ser ellos
Me pasa siempre, maldita sea, y nunca sé cómo evitarlo. Salgo del cine hipnotizado, callado, sin querer hablar con nadie ni mirar a nadie. Por eso prefiero ir solo a hacerlo con los muchachos. No quiero que nadie me saque de ese mundo en el que entro tras hora y media de sesión. Estoy allí, en la pantalla, todavía cuando salgo. Imaginando que soy el protagonista, sea quien sea. Ese galán que las besa mientras cierran los ojos y las acaricia las mejillas hasta que se derriten y le dan la vida. O ese bebedor, perdedor empedernido, que canta por no llorar, y que se retuerce en madrugadas extremas, pero con estilo, siempre con estilo, siempre malditamente bello, salvaje y puro. Me veo en todos ellos y no soy ninguno. Pero durante hora y media me engaño. Y después, cuando salgo, todavía andando como los astronautas, sin gravedad, a pasos que flotan. Aún estoy allí, aún soy ellos. Siempre quiero ser como ellos. Escapar de esta realidad, por fin, para llegar a la otra. Aunque se retuerzan las madrugadas entre vasos de bourbon. También aquí lo hacen, pero todo es más sórdido, más triste, más real. Por eso quiero ir al cine solo. Y que nadie me interrumpa cuando esté en ese otro mundo. Y que nadie me recuerde que aquello es sólo una película. Y que nadie me hable para despertarme. La verdadera huida, aunque sea falsa, aunque me engañe, aunque dure apenas media hora más que la película, no admite compañeros de viaje. Lo sé. Nunca se lo diré a los muchachos, por supuesto.
5.3.10
Las manos temblando
Extiende las manos. Con las palmas abiertas. Las dos a la misma altura. ¿Lo ves? Tiemblan. No las apartes. Déjalas. Las palmas hacia abajo. ¿Lo ves ahora? No, no es porque yo las esté mirando. Lo sabes. ¿Por qué dices eso? No es la primera vez. Te sucede desde hace tiempo. Ya me había dado cuenta. No te quise decir nada. ¿Desde cuándo estás así? ¿Por qué no dijiste nada? ¿Creíste de verdad que podrías ocultarlo? Esto no se tapa con una venda. Así no puede ser. ¿Lo ves? No han parado de temblar desde que las has extendido. Y ahora qué vamos a hacer, muchacho. ¿Por qué no me dijiste nada antes? No, no sé que hubiéramos podido hacer, pero algo seguro que se nos habría ocurrido. ¿Cuánto tiempo hemos dejado escapar? Quizá demasiado. Déjame pensar. Maldita sea. No sé qué hacer. Mierda. ¿Lo ves? No las quites. Déjalas temblar. Ya es demasiado tarde para taparlo. Ya no puedes. ¿No comprendes que se ve? ¿No entiendes que lo había visto hace tiempo pero que no quise decir nada? Pensé que sería una mala racha. Algo que estuvieses tomando. Ya sabes, después de aquello sé que lo pasaste mal. No me quise meter. Debí haberlo hecho. Es culpa mía. Y ahora seguramente ya sea tarde. Deja las manos extendidas. Con las palmas abiertas. ¿Lo ves? Esto siempre significa algo. Las manos son el maldito espejo del alma, chaval. ¿Ves como tiemblan? Eso significa que ya no puedes boxear.
3.3.10
Su aroma, y pensar que fuese el mío
Aquella muchacha. Sí, era aquella muchacha. Si estaba allí lo sabía. Sólo con entrar a cualquier sitio su olor se me metía en la vértebras. Hay detalles evocadores. Siempre los hubo. Sensaciones que son como un buen viaje y, de pronto, te llevan a otro sitio lejos del que estás. Ese lugar al que siempre habías querido ir y al que nunca habías sabido llegar. Aquella muchacha era así. Lo sabía sólo con cruzar la puerta. Aquel aroma se me metía en los empastes y me empastaba el cerebro. Ya no podía pensar en nada más. Buceaba entre aquella neblina, sin querer respirar de nuevo nada más. Con eso tenía suficiente para soñar durante horas. Hasta que se empezase a disipar el recuerdo y necesitase una nueva bocanada. Con eso tenía. No se lo conté a los muchachos, desde luego. Se hubieran reído de mí. A aquellas alturas naufragar por el aroma de una mujer que no te hace caso hubiera sido un síntoma de debilidad difícil de explicar, imposible de comprender. Más aún si eres parte de un castillo de naipes en el que el as de picas vale tanto como un cuatro de tréboles. Pero aquella muchacha, así os lo digo, me hechizaba y no encontraba yo antídoto más allá de respirar fuerte, más profundo cada vez, para que jamás se me olvidase a qué huelen los sueños imposibles, las mujeres inalcanzables, aquello, imagino, que algunos llamaban felicidad. Otra vida, vamos. La victoria. No sé. Ella, sólo, quizá. Su aroma. Y pensar que fuese el mío.
2.3.10
No era sólo viento
Dicen que una señora se fue volando. Intentó agarrarse a una farola pero llegó tarde. La han visto pasar por la zona este, encima de los tejados. Aún chillaba. Soplaba el viento, sí. Ráfagas tremendas. Pero no creímos aquella historia que circulaba por el barrio. Estas historias siempre son la misma. Una señora tropieza en una esquina, lo ve alguien y lo cuenta y para cuando te llega a ti, a tres barrios de allí, la señora aún sobrevuela las azoteas. Por supuesto, nosotros también lo comentamos en el bar. A fin de cuentas fuera el viento arrastraba contenedores de basura y nadie se atrevía a salir. La ciudad era una lluvia de sobreros dispuestos a golpearte duro si te descuidabas. Allí dentro lo escuchábamos, al margen de todo, como quien oye caer morteros desde una trinchera sin agujeros, sin mapas. Uno de los muchachos contó la historia de la señora que volaba. No la cambió. No lo necesitaba. Ya vendría otro después para hacerla aterrizar o para llevarla a otra ciudad. Así pasamos el rato aquel día, mirando a través del cristal aquella calle que limpiaba el viento. Aquello era bueno. Aquello sólo podía significar algo bueno. Si llega un huracán y arrolla a su paso quizá se lleve también todos esos obstáculos que con los años se fueron quedando anclados en el barrio. El miedo, la desesperanza, las certezas. Por eso veíamos aquel viento pasar al otro lado del bar como un exorcismo. Era sólo viento. Lo sabíamos. Pero si se había llevado a aquella señora de allí, también quizá pudiera sacarnos a nosotros de aquí.
28.2.10
La guerra ha comenzado
Vino corriendo calle abajo. Sin aliento. Algo traía en las manos. Desde aquí no podía saber qué era. Al final llegó. Se dobló y se apoyó sobre sus piernas y respiro hondo. Muchas veces. No tenía voz aún. Su cuerpo se sacudía por el esfuerzo. Poco a poco recuperó el color y fue enderezándose. Tenía un periódico en la mano. Nos miró. Intentó hablar pero volvió a toser, una y otra vez. Lo mirábamos sin decir nada. Sólo esperando que pudiera contarnos aquello que quería contarnos. Venía corriendo desde la otra punta de la ciudad. Sudaba y le temblaban las piernas. Le daríamos tiempo, por supuesto, hasta que su cuerpo le dejase hablar de nuevo. Nos miró, asustado, mientras tosía una vez más. E intentó hablar de nuevo. No podía. Nos tendió el periódico, doblado. Cuando lo abrimos lo vimos: la guerra había comenzado. Ninguno dijimos nada.
25.2.10
Esta tierra ya no es nuestra
Se equivocaron nuestros padres. Como se habían equivocado los suyos. Y así para atrás. Podéis retroceder dónde queráis, hasta el momento preciso en el que todo se convirtió en mentira. No sé cuándo fue. Pero tuvo que existir. Desde entonces dejó de ser cierto. Lo que pisaban no les pertenecía ni les pertenecería. Trabajar allí era vivir aferrado a la mentira. Lo sabían. Estoy seguro de que lo sabían. Pero aún se empeñaron en decirnos lo mismo que les habían dicho sus padres. También ellos supieron que era mentira. Lo sé. Nadie puede vivir creyendo algo así tanto tiempo. Pero lo hicieron. Quizá tuvieron suficiente con eso para resistir. Quizá pensaron que sin aquello todo sería mucho duro. Eso si es que las cosas pueden llegar a ser mucho más duras. A mí las palabras me resuelven poco en ciertos momentos. Nunca soporté a los charlatanes y a los predicadores. No dejaría, no, que mis padres fuesen como ellos. Pensaría que les engañaron sus padres, y a ellos a su vez los suyos, y así hasta el momento en que la verdad desapareció y la mentira se convirtió en la única verdad que llevarse a las manos. No, yo lo sé, nunca más se lo diré a nadie. Hasta aquí ha llegado. Esta tierra no es mía. Esta tierra nunca será nuestra.
23.2.10
Posando para él
No nos veía. Desde su sótano sólo conocía los tobillos de la ciudad. Pero allá abajo era capaz de bailar con el demonio. Nosotros sí le veíamos. Aquel ventanuco nos dejaba ser espectadores de su delirio. Callados. Ausentes. Nos arrodillábamos y nos escondíamos para que no nos descubriese. Con cuidado para no robarle aquel rayo de sol que se colaba. Apenas una gota de luz. Suficiente para verlo allí, solo. Enfrente una tela blanca. Latas de pintura. Y sus manos. Nada más. Y girar. Y salpicar. Y arrastrar las palmas por la tela. Y la cara manchada. Y los pies chapoteando. Y un torbellino de grises y algún azul y amarillo. Y, de pronto, todo negro. Exhausto. Rendido. Fumando al tiempo que danzaba. El pitillo manchado. Rojo. Luego verde. Y otra vez. Las manos en las latas. Las manos en la tela. La pintura en las paredes. Y aquellos ojos, que miraban sin ver, en otro sitio, lejos de aquel sótano desde que el podía verle los tobillos a la ciudad y nada más. Nunca lo vimos. Pero siempre supimos que entre las sombras estaba el demonio posando para él.
19.2.10
Los colmillos del diablo
Cualquier noche, sin aviso, se puede torcer. Siempre. Es una regla no escrita que todos conocíamos. Pero había lugares en los que no queríamos terminar aquellas noches. Agujeros en los que no debíamos entrar. Gente que no era gente. Otro mundo. Los muchachos y yo lo sabíamos, sí, pero no importa. Acabamos allí muchas madrugadas, escapando de nosotros, huyendo sin poder hacerlo, espantando sombras con las manos y los puños cerrados. Nunca puedes tumbar a tu propia sombra. Lo saben los boxeadores. Por eso bailan con ellas. Nosotros acabábamos las noches en aquellos lugares donde, de verdad, jamás debimos entrar. No importa. Está hecho. Fuimos porque quisimos. Nadie nos obligó. Supimos siempre que no debíamos hacerlo. Aquellos lugares no. Aquello no nos sacaría de donde queríamos salir. Pero los muchachos saben que las malditas noches se tuercen y que no hay remedio. Nunca se dan pasos atrás. Jamás. Aunque seguir adelante fuese acabar aquellos días de aquella manera. Cualquier noche podía pasar. Se torcía y terminabas viéndole los colmillos al diablo.
16.2.10
Su hijo
Apenas podíamos creerlo. Aquello no era cierto. No podía pasar. Maldita vida. Algunas personas parece que encuentran todas las grietas del suelo y que siempre meten dentro los pies. No le podía pasar a él. Aquello no. El día que nos lo contó era el hombre más feliz del planeta. Y feliz era una palabra que, de verdad, no salía mucho en nuestras conversaciones. Habló de dejar todo aquello. De trabajar, sí, trabajar duro. De buscar un piso y crecer. De estar a su lado, por fin, una mujer con la que quedarse. De pensar en futuro, de olvidar el pasado, de hablar en presente. Uno de nuestros muchachos. Era uno de nuestros muchachos. Y fue una sorpresa. Ni siquiera sabíamos que llevaba un año con aquella chica, que la que besaba cuando se despedía de nosotros, que la quería. Lo mantuvo en secreto. Hay cosas, nos dijo, lo siento, que no sé por dónde irán y no puedo compartirlas. Le entendimos. Si la mala suerte se contagia, muchacho, mantente lejos de la mala suerte. Aquel día era el hombre que más brillaba en el mundo, y brillar era un verbo que sólo conocíamos de los neones. Por eso cuando nos enteramos no pudimos hablar. Aquella chica había perdido el bebé. Nos lo contó él mientras lo rodeábamos. Sin hablar. Si llevas la mala suerte en los bolsillos no importa que laves los pantalones. Siempre hay otra grieta donde meter los pies. Bebimos, claro, aquella noche que nos lo contó. En silencio. No podíamos hacer otra cosa. Adiós, vida cruel. Maldita mala suerte. A mis muchachos no. Hay dioses puñeteros que se empeñan en hacerles la vida imposible a algunos hombres buenos que aún creen en ellos. Que vengan y me lo digan a la cara.
15.2.10
Más lluvia
Llevaba lloviendo más de dos semanas. Sin parar. Teníamos la humedad metida en los huesos. Los zapatos siempre mojados. El pelo imposible. Cada vez que nos quitábamos los abrigos brillaban y salpicaban. Aquello parecía una maldición. Una profecía húmeda. Una mala racha de nubes oscuras y días más grises. Desde luego, nada esperanzador para un lugar en el que cualquier rayo de sol era una buena noticia, uno de los pocos motivos para alegrarse. En aquellas semanas el barrio se calló. Los hombres volvían del trabajo con sus sombreros calados viendo caer agua ante sus ojos. Solos. Más solos que nunca. Los niños no jugaban en la calle. Sólo había charcos que atravesaban los coches rápidamente salpicando y formando más charcos. Aquellas dos semanas el cielo caía sobre nosotros y ninguno de los muchachos contaba buenas historias. Sólo bebíamos en silencio viendo diluviar al otro lado de los cristales. Otro día, otra tormenta, otra vida. Por eso no nos extrañó ver aquel coche de la policía y aquel furgón negro a la puerta de aquel portal. Sabíamos que algo así pasaría. Tenía un revolver. Una bala. No necesitaba más. Se cansó de ver llover, contó uno de los muchachos. Ya estaba cansado de antes, respondimos todos. Bebimos. La lluvia no podía traer nada bueno. Todos lo sabíamos. Todos lo supimos.
14.2.10
Cualquiera pudo hacerlo
Cualquiera lo ha podido hacer. Cualquiera. Lo sabe usted bien. ¿Por qué vienen siempre a por nosotros? ¿Qué buscan? ¿Por qué necesitan complicarnos más las cosas? ¿No está todo bastante jodido ya? ¿No es todo ya suficientemente complicado? Sabe que cualquiera ha podido hacerlo. No es tan difícil. Ni siquiera hay que pensarlo mucho. Sólo hay que atreverse. Y eso puede hacerlo cualquiera, y lo sabe. La desesperación es así. Te empuja. Se come el miedo. Engulle la razón. Mire a su alrededor. ¿Sólo nosotros podíamos hacerlo? ¿Por qué ha venido directamente a por los muchachos? Sabe que son buenos tipos. Controlan su desesperación. No han sido ellos. Debería saberlo. Lo sabe. Pero prefiere venir a por nosotros. ¿Le divierte? ¿Qué busca? Cualquiera lo ha podido hacer. Lo sabe usted bien, agente.
11.2.10
Cierra la boca, chaval
Esas son las cosas que nunca debes preguntar. Apréndelo, chaval. Pero apréndelo rápido. Aquí no hay segundas oportunidades. Aquí no hay margen. Lo que digas estará dicho. No puedes echarte atrás. ¿Cómo puedes saber lo que puedes decir? No hay un manual, chico. No te lo puedo explicar todo. Tienes que descubrirlo tú. Lo aprenderás, no te preocupes. Pero antes de abrir la boca respira una vez más. Y si hablas debes estar seguro de qué carajo vas a decir y de qué puede pasar. Si no estarás perdido. Es así. Eso es lo único que te puedo decir. No me pidas consejos. No te los daré. No tengo ninguno. No soy tu padre, muchacho. No te trataré como a un hijo. Sólo te diré que mejor aprietes los dientes. Así sabrás que no hablas. Hay hombres que no te van a perdonar algunas palabras. Sí, no perdonarán. Esto que acabas de decir, por ejemplo, no lo vuelvas a preguntar. No preguntes por qué. Simplemente, chico, no lo vuelvas a preguntar. Eso es todo. Piensa y luego actúa. ¿Conoces a muchos tipos que hablen sin parar? ¿No, verdad? Aquí no existen esos hombres. Ahora pregúntate por qué no existen. Y, de verdad, chico, no preguntes nunca a nadie otra vez si tiene miedo. Trágate tus putas preguntas.
10.2.10
Los tacones de la botas
No me gustaba el country. Esa música para golpear el tacón de las botas contra el suelo y levantar polvo. No. Aquello no era lo mío. Cualquier canción que agitase demasiado la cerveza no podía ser buena. Pero aquellos señores reconozco que cantaban endiabladamente bien. Con sus camisas de cuadros y sus armónicas y sus botas que no levantaban polvo. Menos uno. Un hombre con chaleco negro y camisa negra que cantaba cerrando los ojos. Sus botas estaban tan viejas que hubiera caminado descalzo más cómodo. Cantaban a LAS mujeres de sus pueblos que bailaban y besaban como si no existiese el pecado del que hablaban en la iglesia. Mujeres capaces de desabrochaR los botones de una camisa con sólo una caricia. Mujeres, vamos, como las que los muchachos soñaban encontrar una noche cualquiera en el bar junto a la máquina de discos. Dos cervezas, una última canción, golpea el tacón de las botas y a casa, mujer, vamos ya para casa que se nos está haciendo tarde. Lo cantaban y lo contaban. Aquello era cierto. Aquellas historias eran reales, sí, lo sabíamos. Por eso nunca mencionaban el nombre de sus pueblos. Sin nombre no hay mapa en el que buscar. Sin mapa no hay mujeres para salir a bailar. Para encontrar ese lugar hay que desgastar mucho las botas.
9.2.10
Sólo ellas me intimidan
Allí estaban, en corro, en las escaleras de aquel portal. Todas hablando a la vez. Todas riendo juntas. Todas, sí, todas. Pasaban las tardes contando historias de besos antiguos y de sueños con familia y televisores frente al sofá. Compartían sus cigarrillos y las envolvía una nube de humo que no se disipaba hasta que se despedían. La calle era suya. Sólo si iba con alguno de los muchachos me atrevía a pasar por delante. Aquella acera era uno de los lugares más incómodos del planeta. Puedo prometer que así era. Sólo me intimidaban. Cruzaba, sí, claro, porque había que cruzar. Pero lo hacía rápido. Inseguro. Sabía que en cuanto pasase a su lado callarían y mirarían todas. Giraría levemente la cabeza y diría "buenas tardes, chicas, cómo va todo". Y después seguiría, sin bajar el ritmo, sin esperar respuesta. Mejor no pararse. Mejor pasar aquello cuanto antes. Porque en cuanto hubiese pasado ante su mirada todas empezarían a susurrar. Maldita sea, los susurros de aquellas mujeres se me metían entre las vértebras. Me producían escalofríos. ¿Qué diablos estarían diciéndose? Siempre me sentí desnudo, indefenso, inútil cuando pasé a su lado. Nunca supe qué dijeron de mí. Quizá sólo respondían a mi saludo. Pero sé que era mejor no quedarse a averiguarlo.
7.2.10
Dios no me cubre las espaldas
Por eso fuimos siempre como fuimos y luchamos como luchamos. Lo sabíamos. ¿Uno más qué carajo importa?, decíamos. Adelante, que vaya con vosotros. No nos asusta. Es sólo uno más. No importa. Y así fue. Por mucho que algunas señoras y madres quisieran convencernos de lo contrario. Te vigila. Debes ser agradecido para que esté contigo. Pero sabíamos que no lo éramos nosotros ni tampoco aquellos que lo incluían en su banda. Así era. Por eso no creíamos todas aquellas cantinelas de viejas asustadizas. No nosotros no fiábamos nuestro destino más allá de nuestras propias manos. Mucho menos a alguien que no fuese uno de los muchachos. Y ni siquiera siempre. El destino y su futuro es una víscera más. No conviene andar prestándoselas a nadie. Las señoras no lo sabían. No querían saberlo. Tampoco nosotros explicárselo. Hay palabras que es mejor no gastar. Por eso cuando alguno juraba que estaba con ellos nosotros reíamos. De acuerdo, repetíamos, que esté de vuestro lado. Nosotros nunca quisimos que Dios nos cubriera las espaldas. Para eso ya estaban los muchachos.
6.2.10
Velocidad, niño, velocidad
Velocidad, niño, velocidad. Es sólo velocidad. Y mirar siempre a los ojos, niño, al tipo que tengas enfrente. Si le miras a los ojos no te podrá mirar las manos. Después, chaval, ya sabes, velocidad. Me lo contaba, con manos agrietadas, mientras agitaba la baraja a un ritmo infernal. Saca una carta, no importa cuál. Yo siempre encontraré el as en el montón. Yo siempre ganaré. Velocidad, niño, velocidad. Así se ganaba la vida. Otro barrio, otra ciudad, otro hombre a quien mirar a los ojos. Había cumplido ya los setenta y apenas podía andar, pero sus dedos pasaban cartas con un ritmo de años, con una urgencia que no te permitía saber qué demonios estaba haciendo. Siempre fue así. Volvía al barrio cada tres primaveras, puntual, tarde, por sorpresa. Ganaba todas las apuestas que lo daban por muerto y se presentaba allí, en el bar, de repente. Un bourbon, pedía, y de dos tragos lo liquidaba. Después sacaba su baraja y nos contaba, siempre igual, que tuvo que huir de una ciudad al sur porque un hombre no quiso mirarlo a los ojos. El mismo cuento. Pero lo explicaba tan bien que todos lo rodeábamos y le pagábamos el bourbon para que no parase de hablar. Nos gustaba ver cómo sus manos se negaban a morir. Nos gustaba ver aquella baraja con sus picas y sus diamantes brillando rápidos de mano en mano. Un destello. Otro. Y él siempre sacaba el as. Velocidad, niño, velocidad. Repetía. Se acerca la primavera. Ya se ha abierto la apuesta en el bar. Está 10 a 1 a que no volverá. Yo he dicho que sí.
4.2.10
El salto
Era un salto más. Siempre hacia adelante. Tan alto como fuera posible. Sólo otro salto. Lo habíamos hecho mil veces. Lo habíamos intentando mil veces. Y allí estábamos, todos juntos, concentrados. El suelo temblaba a nuestro pies. Una grieta como una enorme boca quería tragarnos. Así lo veíamos. Sólo era otra calle más. El mismo barrio. Pero si dejábamos que nos engullese habríamos perdido una vez más, otros hombres perdidos. Nosotros no podíamos permitir que aquellos nos sucediese. No a nosotros, decíamos. Saltaremos y esta vez lo conseguiremos. Saltaremos más lejos de lo que ningún hombre de este barrio salto nunca. Por eso no lograron cruzar. Nosotros sí lo haremos, ¿verdad, muchachos? La suerte no está de nuestro lado. Eso lo sabemos. Pero desde cuándo nos ha importado la suerte. Sólo necesitamos nuestros pies. Sólo estar juntos en esto. Era un salto más. Esta vez sí lo lograremos. ¿Vamos?
1.2.10
¿Sólo una pesadilla?
He despertado en mitad de la noche. Sudando. La manta en el suelo. El corazón a 200, como late antes de una buena pelea. Perdido. A tientas he podido dar la luz. Diez segundos terribles en los que las paredes de la habitación no eran las paredes de la habitación. La habitación tampoco lo era. Ni yo era yo. No sé qué ha pasado. Sólo que estaba allí, en medio. Aquello bastaba. Como el apocalipsis que anuncian los borrachos subidos en taburetes de madera. Como si hubieran acertado con la fecha. Con la luz he abierto los ojos y he tragado aire por las pupilas. No podía hacer otra cosa. Reaccionar. Sólo reaccionar. Despertar. Allí estaba yo. Sólo. Las manos temblando como sólo tiemblan después de una mala pelea. No recuerdo nada. Apenas nada. Sólo que estaba allí y los muchachos no estaban y no había nadie y yo no sé cómo diablos había llegado hasta allí. Tampoco sé qué era allí. Sólo un lugar al que no quiero volver. Allí no había nada. Sólo yo y mis manos temblando y mis ojos sudando. He necesitado levantarme y salir a fumar junto a la ventana. Aire frío de enero para que el resto de mi cuerpo tirite y se ponga al nivel de mis manos. Sólo así no las veré temblar. Una pesadilla. Eso dicen que es. Pero yo sé que no. Siempre le tuve miedo a la muerte. Aunque sólo venga a verme en sueños. Mis manos también lo saben.
31.1.10
Atravesando campos
Lo acompañamos hasta aquel lugar porque debíamos hacerlo. Así nos lo pidió. Fue un viaje largo. Dos días atravesando campos sin sembrar, casas de madera en las colinas, aire. Cuatro de nosotros en aquel coche que él había conseguido. Fue un viaje lento. Nadie quería hablar. Todos sabíamos que debíamos estar allí y nada que pudiéramos decir habría ayudado. Así que allí íbamos, dejando sonar la radio, comentando sólo alguna canción, para romper el silencio. Parando a comer y poco más. Otro cigarrillo. El mismo campo desierto. Y él al volante, los ojos fijos en aquel horizonte marrón. Los ojos perdidos en la carretera. Dos días después llegamos, por fin, a aquel pueblo. Campos sin siembra, casas sin campesinos, calles de otra época. Como una ciudad fantasma que no lo era. Tomamos una taza de café en el único restaurante del barrio. Allí desayunamos. Después fuimos al bar y nos bebimos un whisky. Nadie dijo nada. Cuando llegamos a la iglesia el párroco lo saludó. Hacía muchos años que no te veíamos por aquí, le dijo a nuestro amigo. Él preguntaba mucho por ti. Nos contaba que vivías en la ciudad. Que algún día se reuniría contigo. Que... No se moleste. No hable más. He venido sólo a comprobar que de verdad ha muerto. Ahora mi madre, señor, ya puede descansar en paz. Esté dónde esté. Fue un viaje largo. Dos días atravesando campos sin vida. Pero debíamos hacerlo. Teníamos que hacerlo. Queríamos estar allí.
30.1.10
Nadie contestó
No estábamos preparados para aquello. No aquella noche. Era sólo una noche más. Sábado. Tres cervezas. Todos alrededor. Nada importante. Risas y nosotros. Poco más necesitábamos. Pero uno de los muchachos no reía. Apenas bebía. Estaba allí, sentado en su taburete, mirando la mesa. Se acumulaban las botellas a su alrededor. Jugueteaba con una chapa. Nadie le preguntó. Cada uno necesita sus espacios. Ahí estábamos. Él lo sabía y con eso bastaba. Cuando quisiera hablar escucharíamos. Mientras tanto reíamos. Bebíamos. Anécdotas de ayer. Promesas de mañana. Todo como siempre. Hay rutinas que son el único hogar al que uno quiere volver. Con la cuarta ronda, rompiendo las carcajadas de los muchachos, habló. “¿Habéis pensado alguna vez, cuando están las ventanas abiertas, si os atreveríais a saltar al otro lado?”, nos preguntó. Después bajo de nuevo la vista y siguió jugando con su chapa. Nadie contestó.
29.1.10
Salgamos a la calle
Me alargó las cerillas y encendí una sin mirarlo. Prendí el cigarrillo y se las devolví deslizándolas por la barra. Gracias, susurré. Incluso en esos momentos había que conservar el respeto. El camarero me sirvió la cerveza. Del primer trago la dejé a la mitad. Traía sed, sí, pero el cuerpo, sobre todo, lo necesitaba. Después me bebí el tequila. Fumé tranquilo el cigarrillo, mirando al techo, jugando con el humo que salía de mi boca. Escuché la canción y sonreí al ver a una pareja al fondo bailando aferrados en la oscuridad. Daba igual que la canción pidiese movimiento. En esos momentos ellos escuchaban otras notas. Terminé mi cigarrillo, lo apagué en el suelo con la puntera de mi zapato y expulsé lentamente la última bocanada de humo blanco por la nariz. Me giré, le tendí el billete al camarero y terminé mi cerveza. Quédate con el cambio. Me giré entonces hacia aquel tipo y le dije: vamos, salgamos a la calle ya, terminemos esto de una vez.
27.1.10
Imaginar, soñar
Imaginar, soñar, era lo peor que se podía hacer. Los muchachos lo sabían. No servía de nada. Aquella chica. Estar con ella. El beso. La secuencia. El después. Y cuando llegaba, nunca era como habíamos imaginado. Salir de allí, lograrlo, escapar. Y cuando alguno lo lograba, nunca era como lo había soñado. Malditas películas. Nos dibujaban escenarios en los que después nos veíamos como los protagonistas. Allí todo salía bien. La música. El coche. La carretera. Ella. En hora y media todo puede salir bien. La realidad dura más que un largometraje. Los muchachos lo sabían. Yo lo sabía. No hacía falta que recordárnoslo. Por eso nunca estábamos solos. Siempre rodeados mejor. Con los nuestros. Si no se disparaba nuestra mente y nos llevaba a todos aquellos sitios en los que queríamos estar. A todas aquellas escenas que soñábamos protagonizar. A aquellas chicas que queríamos querer. No servía de nada. Los muchachos lo sabían. Pero imaginar, soñar, era lo único que nos quedaba.
26.1.10
Al otro lado
Tenia esa pose arrogante de los que se creen ganadores porque sí. Nos hablaba como hablan los profesores, como orden los policías, como sentencian los jueces. Él era mejor que nosotros y se empeñaba en demostrarlo. Nada más importaba. Sólo marcar bien la línea entre su posición y la nuestra. Entre ganar o perder. A un lado o a otro. Fue así durante años. Como un jefe cabrón pagando su vida triste con sus trabajadores. Quemando frustraciones a fuerza de desprecios. Un hijo de puta que pensaba que cuando uno está al otro lado de la línea ya no hay vuelta atrás. Así era. Menos mal que los muchachos lo conocían bien. Y aquel día, cuando vino pidiendo ayuda, cuando le perseguían, cuando quiso saltar a nuestro lado de la línea, se lo demostraron. Ahora somo nosotros los que marcamos en el suelo el lugar de cada uno. Llevabas razón, le dijeron. Cuando pasas al otro lado ya no hay vuelta atrás.
25.1.10
Maldito viejo
Cada vez que se sentaba al piano sabíamos que nos hablaba a nosotros. Maldito viejo medio ciego. Aquel tipo sabía cómo había que acariciar a una mujer. Lo demostraba bailando sobre el damero aquel. Sus dedos vomitaban música. Jamás falló una nota. Con aquellas uñas que no podían ya acumular más recuerdos debajo rasgaba cada nota. Cualquier mujer se hubiera tumbado frente a él dispuesta a viajar aquel planeta donde sólo sus manos sabían llevar. Nos lo contaba a nosotros, sin hablarnos, porque aquel maldito viejo nunca habló con nadie. Pero me sentaba con los muchachos en la oscuridad y callábamos. Salía cuando no quedaba nadie. Cuando los que quedan andan ya tan borrachos que cuesta escucharlo entre sus gritos. La hora a la que limpian los que deben limpiar y las últimas mujeres se van a casa solas, otra noche sin trabajar. Nosotros nos escondíamos en la penumbra. Aquel maldito viejo no podía vernos. Y entonces sus dedos lentos y viejos que apenas podían sujetar la copa despertaban. Era un puto milagro y lo sabíamos. Soñábamos con poder decir expresar con palabras sólo la mitad de lo que aquel tipo contaba con sus dedos. Cualquier mujer se hubiera dejado mecer por su melodía.
24.1.10
Déjalo, mujer
No les preguntes a los muchachos por mí, mujer. Déjalo. Ya pasará. No podemos hacer nada. Los dos sabíamos que aquel era un tren que no debíamos coger. Lo hicimos, sí. Quise hacerlo. Sabes que soy de los que prefiere saltar en marcha, esté donde esté. Pero sabíamos que deberíamos saltar. ¿De qué nos sirve engañarnos? ¿De verdad pensaste que saldría bien? ¿Que seríamos capaz de huir? ¿Que tu familia no intentaría buscarte? ¿Que ibas a cambiar tu placidez por mi incertidumbre? No. Yo sabía que no. Las sogas más fuertes son las que nos apretamos nosotros mismos. Lo vi en tus ojos. Sí, pero quise hacerlo. Siempre hay que intentarlo. Ya lo sabes. Hemos aprendido a no aprender ya de los errores. Mejor repetirlos. A veces sabemos que no ganaremos una pelea. Lo sabemos porque hay hombres enormes y con brazos capaces de desmantelar barcos. Pero aún así nos ponemos en frente y tratamos siempre de que nuestro primer golpe sea el definitivo. Si no sufriremos. Sí, claro. Siempre es igual. Tú no ibas a ser diferente. Lancé mi primer golpe pero no llegó. Los dos sabíamos que no funcionaría. No preguntes a los muchachos más por mí. Déjalo. Ya pasó.
29.12.09
Aprendiendo a conducir
Nuestros padres no nos enseñaron a conducir. Ellos nunca supieron hacerlo. Se conformaban subiendo a aquellos tranvías que atravesaban la ciudad camino de las fábricas. Los coches pasaban a su lado, pero sabían que sólo subirían en uno el día que los llevasen al cementerio. No se lo recriminamos. Aprendimos por nuestra cuenta, como lo hicimos todo. Uno de los muchachos apareció un día por el barrio con un coche viejo y todos descubrimos aquel día para que servían aquellos pedales. Alguno ni siquiera llegaba aún a pisarlos, pero todos aprendimos. Desde entonces hemos seguido conduciendo. Deberíamos ser como nuestro padres y limitarnos a ver los coches desde las ventanillas de los autobuses. Pero nos negamos. No importaba de quién fuese el coche que conducíamos. No importaba que aquello pudiera terminar en la cárcel. Era simplemente que nosotros necesitábamos sentir que podíamos hacerlo. Saber que en cualquier momento uno de aquellos coches que abandonábamos lejos del barrio después de toda una noche dando vueltas por la ciudad podía llevarnos muy lejos de allí. Sólo era cuestión de presionar más fuerte aquellos pedales.
28.12.09
Y ahora, ¿qué?
La próxima vez que me busques y no quieras que lo sepa no preguntes por mí. Quizás pensarías que nadie me lo iba a decir. Pero tampoco tenemos tantas novedades por aquí como para olvidar ésta. Sí, ahora ya sabes que me lo dijeron. No, por supuesto que no te diré quién fue. Tú te equivocaste. Tenías prisa. No sabes hacer las cosas. Nunca supiste. Por eso ahora estás aquí, bajo mi bota. No llores. No gimotees. Odio a los hombres que gimotean. Asume que lo hiciste mal. Quizás no tengas tiempo ya para aprender. Ahora te arrepientes, ¿verdad? ¿Pensaste que podrías venir hasta aquí y que alguien te diría dónde encontrarme? ¿Creíste que sería tan sencillo? Me das lástima. Te veo como un pobre animal atropellado. Siento necesidad de acabar con tu sufrimiento. Sí, como lo oyes. Un tiro de gracia y adiós. No volverá s sufrir más. ¿No sabes quién soy? Entonces sabrás que puedo hacerlo. ¿Por qué viniste hasta aquí? ¿Estabas tan desesperado? Tengo tu cuello bajo el tacón de mi bota y con un par de golpes puedo terminar esto. ¿Quieres cambiarme el sitio? No importa. Se te ve en los ojos que no sabrías que hacer. Lo sé. Te veo gimotear y me doy cuenta. ¿Por qué has venido a buscarme? Ya me has encontrado. Vamos. Y ahora, ¿qué?
24.12.09
Explicaciones
Ya. Lo sé. No me digáis nada. Ni lo intentéis. No preguntéis. Tampoco yo sé dónde estuvimos este tiempo. Nos marchamos. Debimos hacerlo. No puedo contar nada más. Una noche lo decidimos. Era el momento de mirar hacia adelante. Algunos pasan sus vidas mirando hacia atrás. Así siempre conocen aquello que sus ojos ven. No era nuestro caso, lo sé. Pero nosotros nunca nos atrevimos a mirar hacia adelante. Pensábamos que éramos diferentes de aquellos hombres que se anudaban el pasado al cuello para no pasar frío. Aquellos hombres siempre nos parecieron perdedores. Nosotros no éramos perdedores. Nosotros nunca quisimos ser perdedores. Pero aquella noche despertamos. Sí, así fue. No puedo explicarlo de otra manera. Despertamos y nos dimos cuenta de que aquellos hombres no eran tan diferentes a nosotros. Sí, lo sé, nunca miramos atrás. Pero habíamos pasado tanto tiempo mirando al suelo que olvidamos que delante había más. Los muchachos y yo lo comprendimos aquella noche. Joder, y el alcohol no tuvo nada que ver. Por eso nos marchamos. Es todo lo que puedo decir. No me preguntéis dónde estuvimos. Yo tampoco se lo preguntaré a nadie. Hemos vuelto. Aquí estoy. Por cuánto tiempo no lo sé. No volveré a dar ninguna explicación a nadie. Ni a los jueces.
25.4.09
El trabajo
Un trabajo serio, lo que se dice un trabajo serio, nunca había tenido ninguno de los muchachos. Hacían lo que podían. Lo que salían. Sabían conducir. Eran listos. Podían hacer de todo. El problema es que los trabajos apenas les duraban una semana. Siempre ocurríoa algo. Un jefe cretino, un tipo que no paga, un engaño. Los muchachos saltaban. No tragaban. No estaban dispuestos a tragar con aquella gente que les trataba como mercancías. Ellos no. En aquellos trabajos había hombres con familia. Hombres que bajaban la cabeza y tragaban. Hombres acostumbrados a tragar. Hombres que vivían con miedo. Los muchachos no eran así. No podían serlo. Cada vez que uno de aquellos jefes en uno de aquellos trabajos se pasaba de la raya uno de los muchachos le saltaba al cuello. En una ocasión uno de ellos le rompió la nariz a uno de aquellos bastardos por insultar a un hombre. Cada vez que algo así sucedía, los ojos de aquellos hombres con familias y miedo se iluminaban. Merecía la pena.
23.4.09
Lanza la moneda
Saca una moneda. Elije un lado. Lázala. Hazla girar con el pulgar. Lánzala bien alta. Ahí, justo ahí, ése es el momento. No lo dudes. Es un segundo. A veces menos. Si lo dudas caerá la moneda. Si cae la moneda nada habrá cambiado. Entonces ya no te ayudará la suerte. No es difícil. Lo único complicado es saber vender la idea. Convencer al que tienes enfrente. No es fácil. En ese momento nadie está para juegos. Tendrás que inventarte algo bueno. Dile que quien gane se queda con la chica. ¿Qué chica? ¿Qué importa? Dile lo que quieras. Lo importante es que tengas tiempo para sacar la moneda. Lanzarla. Hacerla girar con el pulgar. Bien alta. Si consigues sacar la moneda del bolsillo habrás conseguido tener la suerte de tu lado. De eso se trataba. Los muchachos conocían aquel truco. No siempre funcionaba, claro. Antes de una pelea no todos están dispuesto a jugarse algo con una moneda. Menos a no jugarse nada. Menos a perder el tiempo lanzando monedas. Por mucho que la hagas girar con el pulgar. En ese momento las piernas van a otra velocidad. Los puños se abren y cierran. La cabeza dice una cosa y las entrañas otra. Pero si te da tiempo, hazlo. Juégate lo que quieras. Inventa. Saca una moneda. Elije un lado. Lánzala. Hazla girar con el pulgar. Bien alta. Y ahí, justo ahí, antes de que empiece a caer, hazlo. Cuando el otro mire volar la moneda, lanza tu puño a por él. Es menos de un segundo. Tendrás que ser rápido.
21.4.09
El vendedor
Llegaba de lejos. Muy lejos. Decía cosas raras como no se achicopalen o quehubole y nosotros reíamos. Era gracioso aquel hombre. Se unía a nosotros en el bar y nos contaba cómo era el lugar de dónde venía, cómo bailaban las mujeres, cómo besaban, lo lejos que estaban. Era vendedor. Eso decía. Nunca supimos qué vendía pero tampoco le preguntamos. Como ninguno de los muchachos tenía intención de comprar nada no necesitábamos saber qué ofrecía aquel tipo. Simplemente le dejábamos hablar y le escuchábamos cuando nos contaba sus historias. A veces se metía en las nuestras. Le hacía gracia también escucharnos y reía y decía más cosas que no entendíamos. Aquel tipo era un hombre divertido. Si le dabas dos whiskys le tenías junto a ti toda la noche. Las mujeres del lugar del que venía bailaban y besaban como ninguna. Aquello aprendimos. El día que se fue nos dejó una dirección apuntada en una servilleta. Intercambiamos abrazos y prometimos que algún día iríamos a conocer a aquellas mujeres que bailaban y besaban como ninguna. Oh, sí, no dejen de hacerlo, nos dijo. Salió agitando la mano por encima de la cabeza. Nosotros volvimos a lo nuestro.
14.4.09
Aquella lluvia
Durante aquella semana llovió como si nunca hubiese llovido antes. La gente se quedó en sus casas mirando desde el otro lado de las ventanas. Jamás habían visto llover con tanta rabia. Nadie, ni los más viejos del barrio, lo recordaban. Aquellos días cerraron las tiendas y los niños no fueron al colegio. Sólo salieron los hombres camino de sus fábricas o sus terribles empleos. Iban enrollados en sus abrigos, con las solapas levantadas y los sombreros chorreando. Corrían hacia sus trabajos y corrían de vuelta a casa, sin fuerzas. Sus mujeres los veían marcharse y volver desde sus ventanas, desde el silencio de dentro, mientras en la calle el agua caía con estrépito y una riada limpiaba el asfalto calle abajo. En la radio no hablaban de otra cosa. Aquella lluvia tenía a la ciudad paralizada. Nosotros sólo salimos para juntarnos en el bar y ver llover. Apenas hablábamos. El ruido aquel que hacía el cielo al abrirse era suficiente. Las personas más mayores se hacían cruces y buscaban culpables. El mundo se terminaba, dijeron. Nunca había llovido con tanta violencia como aquella semana.
5.4.09
No vuelvas más
No vuelvas, chillo. No vuelvas más, volvió a chillar. Todo ha terminado, dijo. Todo esto es ya ceniza, repitió. No vuelvas más, me suplicó. Márchate y desaparece, insistió. Ya no queda, lloró. Aquella noche sucedió todo. Era la misma noche que ayer. Iba a ser la misma noche que mañana. Yo sólo me acerqué a buscarla. Me acercaría al portal, llamaría y ella bajaría. Caminaríamos un rato por el barrio, hablaríamos y después le diría adiós. No era nada serio. Sólo hablábamos. Apenas nos besamos tres veces, apenas sin quererlo, nos dejábamos llevar. Pero no era amor ni sexo ni nada. No era nada. Sólo me sentía bien cuando estaba con ella. Los muchachos lo notaban y no decían nada. De cualquier otro se hubieran reído. A mí me dejaron que compartiese aquellas noches con aquella muchacha. Sólo hablábamos. No quería nada más. Sólo quería otro horizonte. Sólo quería una ventana que no diese al mismo lugar que todas las ventanas por las que me asomaba. Aquella muchacha era aquella ventana. Pero esa noche no era la misma que ayer ni la misma que mañana. Sus padres le habían dicho que no debía verme. Sus padres le habían dicho a aquella muchacha que yo nunca sería de fiar. Me escaparé con él, me contó que les había soltado. Después chilló. No vuelvas más, me repitió. Todo son cenizas. No había huída posible. Menos los dos. No quiso entenderlo. Así, solos, estamos mejor.
4.4.09
El carnicero
Estuvimos toda la tarde recordando cómo golpeaba aquel hombre. Los muchachos le habían visto pelear. Yo también. Aquella era una de las cosas que no se olvidan nunca.Ese hombre subido al ring bailando al ritmo de una música que solo escuchaba él formaba ya parte de nuestra historia. Desde el día que lo vimos pelear, allí, ante nuestras narices no habíamos dejado de hablar de ello. Fueron solo cinco asaltos, pero el carnicero nos enseñó lo que que era pelear, lo que era no rendirse, lo que era estar desahuciado y resucitar. Aquella tarde estuvimos recordándolo. Uno de los muchachos se había metido en un jaleo y sabía que no saldría bien. En aquellos momentos siempre recordámos el combate que vimos. No nos daba ánimo ni fuerzas, pero todos sabíamos que lo que aquel día vimos algún día volvería a repetirse. Con eso nos bastaba.
1.4.09
Almas perdidas
Llegaba serio pero sonreía. Traía las manos juntas por delante de la chaqueta. Entrelazadas. Se acercó a nosotros como uno más. Palmeó el hombro de uno de los muchachos y nos miró a todos uno por uno. Una sonrisa para cada uno. "¿Cómo estáis?", nos preguntó. "Hacía tiempo que quería venir a compartir un rato con vosotros". Movimos la cabeza, de arriba a abajo, sin dejar de mirarle. Un gesto leve. Ninguno dijimos nada. "Están muy mal las cosas últimamente y todos nos sentimos solos en algunos momentos y necesitamos a alguien que nos ayude a tirar para adelante. Tenemos que estar todos juntos en estos momentos. Formamos un gran rebaño que necesita un pastor que nos ayude. No temáis sentíos solos. Es normal". Hablaba mientras todos le escuchábamos. Alguno de los muchachos asentía de vez en cuando, o miraba a otro lado. Nadie dijo nada. "Venid a mí", repetía. "Venid, conmigo", nos decía. Le escuchamos un rato con atención. Cuando le habíamos dado suficientes esperanzas de que nos había convencido, uno de los muchachos se lo digo: "Márchese, padre, aquí todas las almas están ya perdidas".
31.3.09
El barman
Por cada cerveza que servía guiñaba un ojo, tarareaba una canción que nadie conocía y chasquía una vez los dedos. Así era siempre. Otra cerveza. Otra canción y otro guiño. Apenas hablaba. Al otro lado de la barra esuchaba al margen. Miraba al suelo tarareando sus canciones y nunca se metía. Sube la radio, le decíamos. Y la subía. Pon otra ronda, le pedíamos. Y la ponía. Si alguno de los muchachos tenía algo que contar el resto le rodeábamos para que hablase. Él no se movía. Ni siquiera cuando nos escuchaba hablando de mujeres y besos robados y faldas que se levantaban. No le importaba nada de aquello. Había enviudado hacía muchos años. Ni se acordaba ya de su mujer, decía algún cliente del bar. No era cierto. Pero nunca hablaba de ella. Ni de nada. Colocaba sus botellas, atendía, cobraba. Pasaba todo el día y buena parte de la noche allí, al otro lado, en otro mundo. Nunca nos dijo nada cuando nos pasábamos con la bebida ni cuando entraba alguien a quien había que sacar fuera ni cuando estaba la situación jodida y se organizaba algún follón. Él seguía allí, tarareando sus canciones, recordando. Sólo un día que los muchachos no estaban, tarde ya, me sirvió una última cerveza cuando no la había perdido y me dijo: "¿Sabes? Llevo años intentando recordar una puta canción y no lo consigo".
30.3.09
Aquella época
Estaban cayendo los mercados. Lo decían en las radios. Los magnates se hacían cruces. Lo contaban los periódicos. El precio del dinero se hundía. Lo escuchaba por la calle. Aquella época todos miraban al suelo buscando monedas perdidas. Los padres no compraban zapatos nuevos a sus hijos. Las señoras se olvidaron de cambiar de vestuario. Los bares se vaciaron y la gente bebía en casa. Dos de los muchachos perdieron sus empleos y volvieron a casa con las manos en los bolsillos. Recuerdo aquel día. Caminaban tranquilos charlando entre ellos. No sabían ni sabrían nunca de qué iba todo aquello. Un día, simplemente, el cielo se oscureció y en una zona de la ciudad los negocios dejaron de ser bonitos. Así era el mundo del dinero. Nos quedaba tan lejano como un ballet o un violonista de la vieja Europa. No nos importaba. Pero escuchábamos las radios tronando agoreras. Como los hombres que se suben en cajas de fruta en las esquinas y amenazan con la llegada del Apocalipsis y la vengaza final de un dios. Me reunía con los muchachos y lo comentábamos. Comprábamos unas latas de cerveza y mientras las bebíamos alguno recordaba lo que decían los titulares de los periódicos. Después reíamos y seguíamos bebiendo. Aunque dos de los muchachos hubiesen perdido sus empleos la situación nos hacia gracia. No habíamos hecho nada por entrar en aquella época ni podríamos hacer nada por salir de ella. Si nuestras vidas estaban en manos de otros hombres, mejor reírse de todo y no pensarlo.
29.3.09
Besando el suelo
He besado el suelo más de una vez. Lo reconozco. No sería de hombres negarlo. No siempre mis puños fueron los que pegaron más fuerte. No siempre tuve a alguno de los muchachos allí para echarme una mano. Cuando besas el suelo sabes que todo esto no es una broma. Hay hombres que jamás han caído en una pelea y cada vez que encuentran una se lanzan a ella como otros salen a la pista a bailar. Los que hemos besado el suelo alguna vez sabemos que una pelea nunca tiene la alegría de un baile. Aquí cuando miras enfrente no andas buscando a una mujer que te siga el ritmo y a la que agarrar por la cintura. Aquí estás pensando dónde soltar el golpe primero y cómo conseguir que llegue y, por supuesto, qué hacer para que no te alcance el que tu rival te está lanzando. Cuando ya has besado el suelo sabes que hay golpes que te pueden tumbar y que no hay forma de saber bien cuándo llegará uno de esos golpes. Puede ser el primero que te den. O justo uno que te devuelvan cuando tú ya pensabas que lo tenías todo hecho. Sólo aquellos hombres que nunca han besado el suelo no le dan a una pelea la importancia que tiene. Y sólo los hombres que nunca han besado el suelo no saben que el honor del vencedor de una pelea es exactamente el mismo que el del hombre que está tumbado besando el suelo.
24.3.09
A los puntos
Daba igual lo que yo dijese. Ella siempre ganaba. Nunca importó cómo había empezado la bronca. Ella llegaba, chillaba más y después se echaba a llorar. Con eso bastaba para ganar cualquier discusión. Al principio lo intenté. ¡Vaya si lo intenté! Razonaba, hablaba con dulzura, chillaba, daba puñetazos a la pared... De nada servía. Ella comenzaba reprochando, después chillaba y por último se echaba a llorar. Un nuevo asalto ganado. Victoria final a los puntos. Siempre la misma historia. Por eso después de un tiempo dejé de intentarlo. Simplemente me sentaba delante con los ojos clavados en el suelo y de tanto en tanto levantaba la cabeza y la mirada. ¡Menudo espectáculo! Aquella mujer era una actriz formidable. Daba igual lo que yo dijese. Cuando terminaba de llorar y empezaba a sollozar yo aprovechaba y salía de casa. Me reunía con los muchachos y les contaba la nueva función. Todos admirábamos a aquella mujer. Nuestro historial de victorias nunca sería igual.
19.3.09
AQUÍ, AHORA
Ha pasado tanto tiempo que ya no buscaré excusas. Tampoco diré dónde estuvimos. Estuvimos, claro. Pasaron cosas, claro. Todo siguió su curso, por supuesto. Es sólo que esta vez no lo contaremos. Ahí estaban los muchachos, y estas vidas tercas y puñeteras que se tuercen un día porque sí. Y mejor no pedir explicaciones a nadie. Así fue todo en este tiempo. No hace tanto en realidad. Un puñado de noches y aquí estamos de nuevo con el estómago hecho un trapo y vomitando. El mundo es un lugar jodidamente precioso, me dijo alguien en una ocasión. Se le olvidó explicarme qué significaba el jodidamente y a qué carajo le llaman algunos precioso. Aquel tipo no volvió por el barrio. Nosotros sí hemos vuelto. No puedo contar donde estuvimos. Quizá otro día. Quizá en otro momento. Tal vez cualquier noche con dos copas. Hoy no. No diré más excusas. Nos fuimos y punto. No pienso contar dónde estuvimos. El mundo es un lugar jodidamente precioso.
30.11.07
Ya lo sabiamos
Para que me hubieran dicho lo mismo no hubiera ido. Todos sabíamos lo que nos esperaba allí. Lo supimos desde que nos dijeron que debíamos ir. Cada vez que sucedía corríamos la misma suerte. Y siempre era desafortunada. A alguno de los muchachos les dolía ya lo mismo. Se les notaba en la cara los días antes y los posteriores. Hasta que una buena noche se olvidaba y todos volvían a reír. Hasta la próxima vez. Entonces se repetiría la misma historia y habría que ir para que nos volviesen a decir lo mismo. Aquella era una de las historias reincidentes de nuestras vidas. Marcaba un ritmo obligado. Hasta que llegase otra noche cualquiera y de nuevo se olvidase todo.
19.11.07
Bailar
Nuestros pies corrían como nunca. No duraba mucho. Pero duraba lo suficiente. Nuestras piernas terminaban doloridas. Alguno de los muchachos acababa sentado en el suelo, sin respiración. En eso consistía todo. Algún sábado, muy de vez en cuando, el barrio se llenaba de música. Salía de aquel viejo local, aquel sótano, donde antes estuvo la escuela de música. Aquellas notas ya ni se recordaban. Pero algún sábado alguien se empeñaba en recuperar viejos discos. O algún sábado alguien desenterraba un violín del fondo de un armario. Y algún sábado, entonces, la gente del barrio se acercaba a las ventanas del local. Se agachaban para mirar. Algún sábado la música terminaba por atraer al barrio. Y se bajaban las escaleras y se abrían las puertas del viejo local. Cuando llegaba ese sábado los muchachos y yo nos acercábamos. También bajábamos allá. Claro que si bajábamos. Durante lo que durase la música bailábamos como locos. Todo el barrio bailaba como loco. Hasta los viejos que apenas se movían agitaban la cabeza con la música. Alguno de los muchachos terminaba rendido, sentado en el suelo, con las piernas doloridas. Pero mientras sonaba la música nadie dejaba de bailar. Ya habría mucho tiempo después para no soñar.
14.11.07
Luigi Cauqui
Era Luigi Cauqui, amigo de uno de los muchachos. Había venido de lejos y se notaba. Pero a los muchachos les hacía gracia. Sobre todo cuando se pasaba con los tranquilizantes y se quedaba en los peldaños del portal, medio tumbado, mirando perdido la otra acera. Le daba igual lo que hiciésemos, dónde fuésemos o quiénes éramos. Él sólo quería estar allí, sin moverse, sin hablar, esperando. Cuando los días así llegaban, porque siempre llegaban si Luigi Cauqui volvía a la ciudad, los muchachos lo rodeaban y le pedían que contase aquella historia otra vez. Luigi había venido de lejos, de muy lejos, decían, aunque nunca supimos dónde quedaba aquel lugar. La cicatriz de la mejilla era el único mapa que necesitaba mostrarnos. Por eso cuando Luigi Cauqui se pasaba con los tranquilizantes los muchachos se sentaban a su alrededor. Y le pedían que contase su historia. Y él, sin dejar de mirar a la otra acera, con las pupilas grandes y negras como cualquier noche en el barrio, lo hacía. “Hoy tenemos una encantadora guerra suave, chico”, empezaba…
29.10.07
Televisión
La encendía en cualquier momento, fuese el día que fuese, y me quedaba delante de ella. Ni me sentaba. De pie, mirándola de arriba abajo, viendo su mundo apagado en grises, escuchando sus voces. Sus personajes me miraban desde su cristal y yo les devolvía la mirada desde el mío. Ellos no me veían, claro, y a veces pienso que yo tampoco a ellos. Les escuchaba y miraba durante un rato. No sé cuánto tiempo. A veces un par de minutos, a veces hasta dos horas. Siempre de pie. Siempre pensando en seguir camino. Siempre una pausa. Quería asomarme al mundo que no conocía y lo intentaba con su luz y sus colores. Pero ese mundo nunca era lo que esperaba encontrar. Sí, había otras vidas, de otros lugares. Había otras historias, de otras gentes. Pero todo resultaba igual de triste, o feliz, según se mirase, que asomarme a la ventana. El mundo que me traían hasta la salita de mi casa era igual que el que encontraba fuera. Miraba mi televisor desde arriba, de pie, siempre sin sentarme, nunca me rendiría a su luz sentándome frente a él. Por mucho que quisiesen enseñarme que el mundo de fuera era igual que el mío, jamás me convencerían. Las ganas de huida seguían ahí.
16.10.07
¿Y mis manos?
Antes eran más rápidas. Oh, sí, lo eran. Mucho más rápidas. Centelleaban en el aire por la noche. Cruzaban el camino entre yo y el otro. Antes de que pestañease, habían llegado a su destino. Los muchachos siempre lo dijeron. En el barrio creyeron que llegaría a algo. Algunas señoras decían incluso que debía dedicarme a la música. Chico, vaya dedos largos, vaya velocidad, lo tuyo es el piano. Pero era mentira. Sólo era verdad que tenía unas manos rápidas. Oh, sí, lo eran. Y fuertes. Pegaban como atropellan los trenes de mercancías. Eran una maravilla. Salvajes. Y siempre estaban dispuestas para cuando las necesitaba. Los muchachos y yo lo sabíamos. Pensé que duraría siempre. Pero si los grandes acababan con los hombros caídos, artrosis en los codos y la nariz contra la lona, ¿cómo no iba a pasarme a mí? Yo nunca fui grande, pero creí que mis manos sí lo eran. Se equivocaron de cuerpo cuando me las dieron, solía decir. Ayer al levantarme me dolieron los nudillos. Traté de cerrar los dedos sobre las palmas y no pude. Agité las palmas al aire y no logró desentumecerlas. Ayer llegó el dolor de los años a mis manos. Oh, sí que eran rápidas antes, sí.
15.10.07
El último baile
Había durado todo el verano. Fue bonito. Durante tres meses me olvidé casi de los muchachos. Ellos me lo recordaban riéndose. Pero fue una historia bonita. Sí, lo reconozco. El nuestro era un barrio pequeño. Había llegado una feria. Allí íbamos a ver carreras de tiovivo. Pasábamos la noche entre las músicas de las atracciones dejándonos llevar. Cuando alguno de los muchachos se cruzaba con nosotros, se reía. Pero la nuestra era una historia bonita. El final del verano se llevó la feria consigo. La última noche que los caballos trotaron en nuestro pequeño barrio todo terminaba. Los dos lo sabíamos. Yo le dije: resérvame el último baile. Y ella lo hizo.
5.10.07
Una historia de amor
La vi y la perseguí durante años. Desde que éramos niños. Nos cruzábamos una y otra vez por el barrio. Ella lo sabía. Pero andaba con sus amigas y sus saltitos y sus palmadas y sus juegos de niñas. Yo no me separaba de los muchachos. Corriendo siempre de un lado para otro. Cuando nos cruzábamos nos mirábamos. Si su grupo corría en un sentido y el mío en el contrario nos quedábamos rezagados unos segundos. Sólo nos mirábamos. Nunca llegamos a decirnos nada. Y volvíamos a unirnos a los nuestros. Después crecimos. Las niñas dejaron los juegos de niñas y los muchachos y yo, bueno, los muchachos y yo empezamos a hacer otras cosas. La vida nos engulló. Pero crecimos encontrándonos por el barrio. Ya éramos jóvenes, pero nos comportábamos como los niños que fuimos. Nos cruzábamos por las esquinas y nos lanzábamos miradas de reojo. Alguna vez nos paramos de nuevo uno frente a otro, pero no nos dijimos nada. Años después, cuando volví al barrio, la encontré casada con otro hombre. Seguimos viéndonos por la calle pero ella bajaba la mirada. Ayer murió. No tenía años para morir, pero lo hizo. A veces la muerte llega y te engulle. Uno de los muchachos, que subió a la casa, encontró su diario. Dice que leyó mi nombre y que contaba una historia de amor. Me preguntaron qué significaba aquello pero les dije que no sabía nada. Nadie preguntó nunca más por aquello.
2.10.07
Otras vidas
Allí estaba yo de nuevo sentado en la butaca y preparado para vivir otra vida. Alrededor mío, los muchachos, con los ojos como platos. Al día siguiente todos queríamos peinarnos como el protagonista. Cuando nos juntábamos de nuevo, rápidamente sacudíamos las cabezas y hacíamos como si no nos hubiésemos visto unos a otros. Pero siempre era lo mismo. Allí estábamos otro viernes, uno cada seis semanas, sentados y callados en las butacas ante la gran tela blanca. Aquel era el único tiempo en el que los muchachos y yo guardábamos silencio total. Ni siquiera cuando alguien fallecía lo hacíamos. Eso salvo que fuese uno de los muchachos. Pero aquel día estábamos allí, sentados en nuestras butacas, dispuestos a viajar donde nos dijesen, preparados para besar a la dama, ansiosos por ver las faldas de su vestido moverse a tamaño gigante. Cada seis semanas huíamos como ni siquiera podíamos huir cuando de verdad intentábamos hacerlo. Nos sentábamos allí durante más de una hora y no abríamos la boca. El silencio duraba todo el camino de regreso a casa al terminar. Nadie quería decir nada porque nadie quería demostrar que la historia vivida allá dentro había terminado ya.
28.9.07
Ayer
Bebíamos como demonios hasta que uno caía al suelo. Entonces reíamos. La noche pasaba rápido. Lo hacíamos pocas veces, pero cuando lo hacíamos todo el barrio se enteraba. No celebrábamos nada. Solo nos juntábamos y vaciábamos botellas. Compartíamos entonces las mismas historias de siempre, las que quedaron atrás. Si no era en aquellas noches, nunca volvíamos al pasado. Los muchachos sabían bien que no había que hurgar en los cubos de basura de la memoria. Si no paras de girarte para mirar atrás mientras andas, entonces no podrás mirar hacia delante. Sí, los muchachos lo sabían muy bien. Por eso alguna noche cualquiera nos juntábamos y bebíamos. Esas eran las únicas noches en las que volvíamos atrás. Bebíamos y dejábamos que nos atase por unas horas el ayer. Bebíamos como demonios hasta que uno caía al suelo. Entonces cortábamos la soga del pasado y soltábamos lastre. Ya sólo mirábamos hacia delante.
25.9.07
Distancias
Si algún día sucedía algo en el barrio, fuese lo que fuese, pero malo, salía en los periódicos. No importaba que lo que hubiese pasado nada tuviese que ver con la gente del barrio. Siempre los periódicos decían que era cosa nuestra. Sabíamos que lo hacían para que la gente de los barrios del este durmiese más tranquila. Cuando lo malo está localizado, uno puede asegurarse de que está bien lejos. Por eso el cielo dicen que está arriba y el infierno abajo, les explicaba a los muchachos. A nosotros no nos importaba, por supuesto. Los hombres compraban los diarios para ver los resultados de la liga y las mujeres buscaban entre las páginas los nombres de las primas que se casaban. Después las hojas viejas servían para cuadrar mesas, tapar grietas o simplemente secarse los pies cuando llovía. Los habitantes de la zona este no sabían que nuestras malas noticias eran siempre útiles. Aunque no fuesen tan malas. Era sólo una cuestión de distancias, les repetía a los muchachos. Como el boxeo. Y entonces lo comprendían.
20.9.07
Rutinas
Es difícil volver a las rutinas cuando uno ha intentado por todos los medios aniquilarlas. Las rutinas son las que acabaron con todos aquellos hombres buenos del barrio. Salían de casa al amanecer y volvían derrotados al anochecer con el cuello de la camisa sucia. En casa les esperaba la misma rutina de una familia que no llega, de un niño que necesita, de una mujer que reclama, de una vida que se apaga. Lo vi durante años y supe que era la rutina la que iba royendo la piel de aquellos hombres. Incluso los que acabaron en los bares y mandaron todo al infierno para huir de la maldita rutina terminaron en otro círculo de rutina. Aquella era la prostituta que todos maldecían. Como lo viví de cerca, porque una abrazó pronto a mi padre y no lo soltó hasta que dejó de respirar, siempre corrí para que no alcanzase. Pero ahora vuelvo. E intento acercarme de nuevo a los muchachos. Y quiero la rutina que no me haga un extraño para ellos. Sé que ha pasado tiempo. Ellos lo saben. Y todos saben que cuando la rutina vuelva a rozarme, volveré a echar a correr. No preguntes. Así es. Así será.
19.9.07
Tiempos malos
Ha pasado el tiempo. Me dejo llevar y no recuerdo. De repente un día vuelvo y brilla el sol. O eso creo. Últimamente no brilla mucho. Desde que llegaron los señores al barrio todo cambió. Cegaron a los muchachos con los destellos de sus relojes. Se los llevaron. Ganaréis mucho dinero, les prometieron. Oh, sí, mucho dinero. Mirad a vuestro alrededor, les obligaron. ¿Queréis seguir siempre en la miseria, como vuestro padres, como los padres de vuestros padres? Eso les preguntaron, sí. Y ellos respondieron a coro que no. Estaban cegados por el ruído de los gemelos. Por primera vez les daban una orden y la cumplían. No me he recuperado. Que nadie piense que sí porque no lo he hecho y no lo haré. Aunque alguno de los muchachos haya vuelto. Saben que aquel no era el camino. Yo sé que la luz que se ve al fondo es sólo un destello. Cuando quieres acercarte el camino vuelve a estar a oscuras. ¿Por qué lo sé? Porque he pasado por ello, por supuesto. También a mí me cegaron antes. Pero yo nunca llegué a creerme que mi hogar, lo único que podía entonces llamar así, era miseria. La miseria es esta época. Vienen tiempos malos. Sí, lo sé.
1.1.07
Temblando
Si yo no hubiera sacado aquel arma, ahora seríamos uno menos. Cuando hay que elegir debes hacerlo. No importan las consecuencias. Eso ya vendrá después. Si el mundo debe decidir entre uno de mis muchachos y otro tipo cualquiera que se equivoca, se mete donde no debe y encima quiere ganar, yo ayudo al mundo a decidir. Hay momentos en la vida de uno en los que el pulso no debe temblar. Cuando tienes la conciencia despejada, no tiemblas. Puedes hacerlo con las mujeres, ¡oh, malditas mujeres! Ahí no te queda más remedio que temblar. Porque además sabes que ahí no te sirven de nada los muchachos. Sólo con ellas puedes temblar. Y con la familia, en todo caso. Esa es una pesada herencia obligada que no puedes dejar atrás. No la bendigo. Nunca fuimos de los que cuidaron de su sangre sin importar el precio. Nuestra verdadera familia la hicimos nosotros, en la calle, a fuerza de golpes recibidos. Para formar una familia, de verdad, los golpes que das no cuentan. Sólo importan los que recibes. Pero no hay más familia. Pero la otra no se puede dejar atrás. Por mucho que quieras soltar lastre, no puedes. Por eso te queda el consuelo de temblar. Pero nada más. Por eso no temblé. Era uno de los nuestros o el otro. Los jueces no entienden nunca este tipo de cosas. Esos son señores que sólo piensan en la sangre de su sangre. Son hombres que se permiten temblar por todo. ¿Lo volvería a hacer? Aunque no pudiese volver aquí jamás.
8.10.06
Ausencias
No diré nada. Mejor que no se sepa porque no estuve aquí. De todas formas, nadie me llamó. Los muchachos sí me tuvieron a su alcance. Siempre que me necesiten estaré con ellos. Lo saben. Yo también lo sé. Es la ley que tenemos. No hay nada más allá de la fidelidad... El resto del mundo puede seguir girando. O pararse. A nosotros nos da igual. Estuve fuera. Dejémoslo ahí. Cuando creí que volvía para quedarme tuve que marcharme de nuevo. No preguntéis. Las cosas son como son. Esta vez vuelvo a casa. Me han llamado los muchachos y me ha dicho que me necesitan. El mundo se está parando. Hemos compartido unas cervezas y hemos sentido el vaivén y el vértigo. ¿Miedo? No, nunca, jamás.
28.2.06
Trabajo
Me vestía tan bien que las señoras del barrio me paraban por la calle, apretaban mis mejillas con sus manos y me decían que estaban orgullosas de mí. Cuando era niño hacían lo mismo, pero entonces me reñían. Pocas veces se ponía uno chaqueta y una corbata. Sólo en los funerales y en las bodas lo hacíamos. Para nosotros eran cosas parecidas. Fuese lo que fuese, perdíamos a uno de los muchachos de nuestro lado. Aquel día los llevaba porque quise ir a buscar trabajo. Salí más allá de nuestras manzanas y llegué a un edificio con un hombre a la puerta. Me indicó la dirección y subí. Arriba esperaban otros como yo: chaqueta prestada, pelo húmedo con marcas de peine, manos inquietas, ojos perdidos. Yo entré con la cabeza bien alta. Algunos sufrían y se les notaba. Mascullaban en voz baja “necesito este trabajo, necesito este trabajo”. Después de una hora allí la gente estaba aún más nerviosa. Había dos tipos que no paraban de dar vueltas en círculo. Uno que tenía al lado quiso hablarme. Me mostró una foto en blanco y negro de una niña. Todo valía para hundir a los demás. Me levanté y me largué. Las señoras del barrio estarían orgullosas de mí.
22.2.06
He vuelto
Aquel juez se equivocó. Sí, se equivocó. Vaya si se equivocó. Hice lo que hice porque tenía que hacerlo. Nadie deja solo a uno de los muchachos. Y menos si se le echan cuatro encima. Aquel tipo merecía aquella paliza y mucho más. Puede estar contento de seguir respirando. Sólo le partí los brazos y la mandíbula. Pero al juez no le importó. Dio con su martillo un golpe seco y me mandó encerrar. He salido pronto. Entre rejas tenía un compañero que cantaba toda la noche. Decía que él marcaba su ritmo. Yo ya estoy fuera. Han sido unas vacaciones cortas. Los muchachos fueron a buscarme a la salida. A mi compañero de celda aún le quedan varios años. Seguirá cantando. Me lo prometió cuando nos despedimos. He vuelto para quedarme.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)